Había decidido viajar a Barcelona porque era un sueño para el conocer esa ciudad. Con veinticinco años era la primera vez que la visitaba. Lo cierto es que era la primera vez que salía de su pueblo, del interior de las montañas lucenses. Estaba acostumbrado a arar la tierra, a cuidar animales, a vivir sin las comodidades propias de una ciudad. Pero aun así no era un cateto, le encantaba la lectura y su nivel cultural era bastante avanzado con respecto a otros chicos de la ciudad. Le encantaba escuchar la radio mientras realizaba sus labores de agricultor ganadero.  Vivía con sus padres, ya mayores para los duros trabajos de la tierra, y estaba un poco arto de continuar en esa situación. Su espíritu le pedía libertad, deseaba conocer mundo y viajar sin parar. Y un buen día se decidió; lo comunicó a sus padres, que bastante sorprendidos lo despidieron con llantos en los ojos como si se fuese para la guerra. Sus maletas llenaron el maletero del taxi, y elevando la mano izquierda a través del cristal de la ventanilla, se despidió de unos ancianos un poco encorvados y vestidos de negro. Comenzaba para el una nueva aventura.
| Se dirigió al aeropuerto de Labacolla en Santiago de Compostela, el taxi le cobró una barbaridad, y a partir de ese día aprendió la lección, se prometió a si mismo negociar el precio del trayecto con el taxista antes del viaje. Ya en el aeropuerto se desenvolvió bastante bien, se dirigió a ventanilla y compró el billete para Barcelona. En una hora le saldría el vuelo, era la primera vez que viajaba en avión, pero no estaba nervioso. Lo tomaba como una aventura. Sabía que durante esa semana que estaría de viaje sus padres estarían bien atendidos por la asistenta social que los visitaba varias veces por semana. Era feliz. Observaba todo como si estuviese dentro de un sueño irreal, se asomó al enorme escaparate de la zona de embarque, y comprobó en vivo y en directo como los aviones despegaban y aterrizaban, en un vaivén mareante. Se imagina allá arriba, volando y mirando hacia abajo, no estaba seguro de si iba a sentir vértigo o no. Cuando estaba inmerso en esa clase de pensamientos escuchó por la megafonía el anuncio de su vuelo. No tardó en encontrar el lugar por donde debía de acceder al avión. Y cuando se dio cuenta ya estaba sentado a lado de la ventanilla escuchando los fuertes ruidos de los motores, el avión comenzó a moverse. Con los ojos abiertos como platos fue descubriendo poco a poco la sensación que producía elevarse en el aire. El avión tomaba altura, comenzó a ver todo más pequeño, estaba pletórico de ilusión, estaba volando. … |
Y el vuelo le resultó maravilloso. No cesó en su empeño de mirar de continuo las formas que las nubes formaban enlazándose entre sí bajos sus ojos. El vuelo era directo a Barcelona, cuando el trayecto finalizaba fue descubriendo desde el aire la ciudad condal. Colmado de asombro e inquietud sentía una sensación extraña y los oídos le pitaban, el avión comenzaba a descender. Esta vez si que pasó miedo, pues las vibraciones y el bamboleo del avión asustaban a cualquiera. Pero pronto se estabilizó el asunto y se vio rodando ya en tierra por una larga pista del aeropuerto. El viaje se había terminado, por primera vez ponía sus pies en Barcelona.
Tuvo suerte con las maletas, pudo recogerlas y comprobar como otras personas protestaban por la desaparición de las suyas, algo normal. Pasó todo tipo de controles de seguridad, y finalmente descendió por unas escaleras mecánicas que nunca antes había pisado, le pareció gracioso el asunto de ser transportado como una maleta. Al salir por la puerta principal del aeropuerto una maraña de taxistas se le ofrecieron para llevarlo, les dijo que no a todos, prefería tomar el autobús y librarse de un buen gasto que seguro le supondría el viaje en el taxi. Así lo hizo, tomó el autobús y contempló por primera vez el paisaje de esa ciudad.
Se bajó en la misma plaza de Cataluña, con una mochila a la espalda arrastró su maleta hacia un banquillo mientras estupefacto observaba el ambiente que se respiraba. Sacó de su mochila un bocadillo de queso y jamón serrano, y feliz se integró en un paisaje variopinto y multicultural. Era la primera vez que veía en persona a gente de color, a musulmanes con turbantes y mujeres con pañuelos en la cabeza. Le sorprendían los olores que a ráfagas le llegaban, pues unos jóvenes del banquillo de enfrente estaban fumando unos cigarros de olor extraño, que identificó como droga, eso de lo que tanto hablaban en la radio que el escuchaba cuando trabajaba la tierra. No entendía el porqué inhalaban ese humo para luego volverlo a soltar. A sus veinticinco años ya era hora de que fuese conociendo in situ la vida real, aun así, pensaba que mejor le sentaba ese bocadillo de queso con jamón serrano que ya se estaba terminando. Sin prisas, se levantó y comenzó a andar con su maleta a cuestas, pero sin cesar en su empeño de observarlo todo. Se dirigió hacia las Ramblas, allí su gozo se incrementó al pasear por el centro neurálgico e histórico del barrio barcelonés. Siempre con su maleta y su mochila. La gente lo observaba al pasar y veían a un joven corpulento y alto, que caminaba despacio y con cierta tranquilidad misteriosa. Por un momento se paró ante un mimo vestido de romano, cada vez que alguien le entregaba en su casco alguna moneda, realizaba un movimiento con su espada. Empezó a encestar en su casco monedas de veinte céntimos a una distancia considerable, le pareció gracioso y de confianza lo que estaba viendo, pero enseguida comprobó como los movimientos del mimo romano fueron amenazantes con su espada hasta ponérsela en el mismo pescuezo. Se paró en seco, asustado comprobó la sonrisa del mimo y que al tiempo retiraba su estoque antes del envite. El pequeño grupo de personas presentes aplaudieron la escena, se reían de la cara estupefacta y asustada del chico gallego, el romano de nuevo se quedo quieto como la tal estatua que representaba. Y el de Lugo comenzó su marcha sonrojado por haber sido objeto de tan macabra bromita.
Se dispuso a buscar un hostal y sin muchos miramientos lo encontró en una de las calles adyacentes a Las Ramblas. Contrató una habitación, y en ella descansó durante un par de horas y aclaró en su mente todo lo nuevo que había vivido. Pensaba en sus padres, estaba seguro que estarían bien, se sentía feliz y contento de estar en Barcelona. Y no tardó en darse cuenta que dentro de esa habitación no iba a descubrir todo lo que se le ofrecía fuera de ella. Así pues vistió sus mejores galas, un sombrero de terciopelo gris y un bolso bandolera de cuero marrón, su típico pantalón vaquero de color azul marino y sus botas de montaña de color negro que tan buen andar le daban. En la recepción del hostal recogió unos panfletos publicitarios de diferentes ofertas culturales y un croquis del metro de la ciudad. Deseaba ir en metro, viajar en tren por debajo de la tierra y descubrir lo que sienten muchos de los ciudadanos que lo utilizan cada día. Retornó a Las Ramblas; subió hacia la plaza de Cataluña, cerca de un conocido centro comercial encontró una entrada al metro, bajó por las escaleras.
Lo estaba pasando genial, nada le hacia entrever que le pudiese pasar algún peligro, sabía lo de la inseguridad ciudadana, pero con su cuerpo se sentía capaz para defenderse ante lo que fuese, era un brutito de su pueblo, más gallego que ninguno. Pero la ciudad es la ciudad y los peligros que acechan son muchos y si aun encima se ignoran es mucho peor. Compró un billete en ventanilla, le costó adivinar el lugar por el que debía de introducirlo para que se liberase la ruedecilla de hierros. Una señora observó sus dudas para acceder al andén y le ayudó a introducir su papeleta. Lo invitó a caminar, desbloqueando así ese acceso. Una vez dentro se perdió en un mundo de pasillos, ya eran las diez y media de la noche, y no sabía a donde ir. Con el croquis del metro en la mano estudiaba los distintos lugares a los que podría dirigirse, y por veces se detenía a observar los enormes carteles publicitarios con chicas semidesnudas, ensoñando durante unos segundos un amor que nunca tuvo, pero le gustaría tener. A sus veinticinco años nunca había estado con una mujer y deseaba hacerlo durante esa semana, era su objetivo principal. Pero de momento lo que deseaba era viajar por Barcelona y conocer los diferentes lugares emblemáticos de la ciudad. Así pues se decidió por Sagrada Familia. Abordó a algún transeúnte para preguntarle si ese era el lugar que estaba buscando, finalmente le indicaron el túnel por el cual accedería al tren que lo llevaría a su parada. Y así lo hizo.
A esas horas no había mucho agobio de gente en los vagones, por lo menos en los que él le toco viajar. Miraba ensimismado en sus pensamientos a las personas que circulaban cuando el tren se detenía y las puertas se abrían de repente para dar paso a un trasiego de personas que le hacían distraerse de una manera muy amena. Le parecía raro viajar en metro, siempre le gustaba mirar por la ventanilla, pero una vez que el metro estaba en marcha todo era negro. Le parecía que viajaba a una velocidad de vértigo, pero luego se aburría y se veía obligado a observar a las personas. Entre unos y otros se cruzaban miradas, son momentos raros, de no saber que hacer. Hasta que llega de nuevo la siguiente parada y aparece la luz. De nuevo puede observar.
Durante tres paradas fue sentado a lado de la ventilla sin cambiar de tren, disfrutando del momento. Pero en la cuarta parada entró una pandilla de chicos que le helaron la sangre, pues uno de ellos iba jugando con una navaja de esas que llaman mariposa, manejándola como un profesional y mirándolo fijamente. El torció la mirada, pero aun así no logro desviar la atención de esos chicos con pintas de violentos que se sentaron a su lado. Eran cuatro; todos con la cabeza rapada, cada uno con diferentes escudos en sus cazadoras de cuero negras, sus pantalones eran ajustados y de los cuales colgaba alguna cadena de un importante grosor. Uno estaba de pie, los otros tres ocupaban los asientos que estaban libres alrededor del chico gallego que muy asustado intentaba evitarlos con la mirada. En el vagón habría unas veinte personas, casi todas concentradas en el lado opuesto a donde se encontraba nuestro protagonista y sus aterradores amigos. El tren se puso en marcha. Él no sabía hacia donde mirar, pues nada tenía que observar por la ventanilla, y si giraba la cabeza se enfrentaría a esos chicos que tanto le intimidaban a pesar de su corpulencia. Se decidió. Miró al que tenía a su lado, el que estaba jugueteando con la navaja, sin parar de hacer ruiditos. Y éste le dijo:
- ¿QUE MIRAS TÚ? ¿TE GUSTO MARICONA?
- No. No me gustas. No soy maricón.
- ¡OOOOOOO! ES GALLEGO EL CHICO.
- SI. Soy de Galicia.
- Ja, ja, ja. Ja, ja, ja.
- UN GALLEJIÑO MARICONCIÑO. Ja, ja, ja.
Era evidente el momento de tensión al que se enfrentaba, era la burla de esos cuatro chicos de los que estaba rodeado y sin escapatoria, tres sentados y uno en pie. Uno de ellos blandiendo una amenazante navaja. Todos riéndose de él; mofándose de su vestimenta, que si su gorrito, que si su bolsito. Hasta que su orgullo le impidió continuar aguantando y soportando semejante burla. Sin mediar palabra movió con rapidez su brazo y le asestó un golpetazo con el codo a la cabeza del chulo que blandía la navaja. Todo sucedió muy rápido, y aun encima se lo dijeron en voz alta, gritando:
- ¡VAS A MORIR CABRÓN!
El que estaba de pie lo agarro por los hombros impidiéndole que se levantase, los otros le agarraron las piernas, dándole patadas donde más duele. El de la navaja se repuso dolorido, la recogió del suelo. Con la mirada que le dirigió a sus compañeros se entendía perfectamente dejármelo a mí. Ni se lo pensó. Le introdujo la navaja mariposa hasta el fondo del pecho en el lado del corazón. El gruñido, quejido, llamó la atención de los demás ocupantes del vagón que en el otro extremo estaban a lo suyo, nadie deseaba entrometerse. No vieron tampoco como el chico había sido apuñalado, pues sus compinches impedían la visión. Al momento se anunció la llegada a la próxima estación. Los jóvenes aguantaban el cuerpo inconsciente del chico, esperando a que se abriesen las puertas y soltarlo, abandonándolo a su suerte. Así lo hicieron. Se escaparon corriendo. Una vez que el tren se detuvo, apoyaron la cabeza del chico sobre la ventanilla, y desaparecieron.
El chico gallego de las montañas lucenses se llamaba Marcos, deseaba conocer mundo y tener nuevas experiencias en la vida, pero un grupo de desalmados se lo impidieron. Murió casi al instante, la puñalada fue certera. El charco de sangre bajo su asiento delataba la escena que acaba de ocurrir y alguien se acercó a socorrerlo, pero ya era tarde. Nadie hizo nada para ayudarle, y lo cierto es que hace falta valor. Sus ancianos padres recibieron la noticia de la asistenta social, a la que le comunicaron la noticia a las pocas horas. Ella se encargaría de que entre las autoridades y los vecinos del pueblo, le diesen un entierro digno a ese aventurero que se fue en busca de su aventura y encontró la muerte.
De sus asesinos nada se supo, nadie nunca los identificó. A buen seguro continúan cometiendo tropelías y acciones violentas para aumentar su ego, y terminar de forjarse a si mismos como asesinos violentos y radicales. De esos; que ni derechos, ni libertades, ni dada. Que la vida en algún momento los ponga en su sitio, que se cumpla la ley de la causa y efecto. El que la hace la paga. Si no es en esta vida, a lo mejor se pudren en el infierno al que tanto veneran cuando abandonen este mundo.
Marcos, con veinticinco años, dejó de vivir.
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