EL NEMETUM DEL GALAICUM

LA HISTORIA DE MI STANAVFORLANT



Había una vez una fragata llamada Extremadura en la cual convivían 218 personas, algunas de ellas de diferente categoría militar. Un día el comandante de dicho barco recibe la orden de partir, para unirse a un contingente de intervención rápida de la OTAN, llamado Stanavforlant.

Esta es mi historia a bordo de esta fragata y estas son mis aventuras por las diferentes ciudades que hemos visitado:

Soy Cabo Primero con una relación de servicios de carácter permanente, tengo 28 años y esta es la tercera Stanavforlant en la cual tuve el honor de haber participado.

El buque partió del Arsenal militar de Ferrol el día 26 de Agosto de 2001, un domingo a las 18:30 h, nos dirigimos a la ciudad de Porstmouth, para efectuar el relevo con la fragata “Canarias”. Llegamos a Porstmouth el día 28 pero debido a una regata que tenía lugar por esas fechas en la ría de dicha ciudad, no fue posible que el barco atracara por lo que tuvimos que fondear. Nos perdimos la visita a esta ciudad inglesa que tantos recuerdos me trae por circunstancias que he vivido en una. Pero eso es otra historia. Una vez realizado el relevo, y haber disfrutado de vigilancias relajadas, el día 30 levamos anclas y partimos para realizar nuestras primeras maniobras ya como nuevos integrantes de la agrupación de la OTAN. El día 5 septiembre entramos en la ciudad de Glasgow (Escocia).

Era la primera vez que visitaba dicha ciudad, algo que me ilusionaba bastante debido al arraigado celtismo que circula por toda Escocia y el gran interés que yo siento por la cultura celta y sus naciones. Por lo tanto durante estos días visité todos los monumentos que he podido y durante dos noches he disfrutado de la música tecno en una discoteca llamada “Alaska”, la cual estaba llena de buen ambiente y buena música. Me llamó la atención el buen rollo que tienen en esta ciudad hacia los extranjeros. El día 10 llega el momento de partir con tristeza y la esperanza de volver algún día, solo queda el recuerdo de los momentos vividos en la Escocia celta de los hermosos parajes.









Una vez en la mar, llega el día 11 de septiembre, el día en que el mundo se vio sorprendido por unas terribles imágenes. Imágenes de destrucción y de terrorismo que marcarían nuestro futuro destino en esta Stanavforlant. Desde esa fecha comienzan todo tipo de rumores sobre donde nos dirigiríamos en los próximos días. Después de unos cuantos días en los cuales los miembros de la dotación se ponían en contacto con sus familias para tranquilizarlas en el aspecto de que nos encontrábamos bien y que de momento nada sabíamos de nuestro futuro destino. El día 19 atracamos en la ciudad de Brest, la bretaña francesa, cuna del celtismo.

Ciudad de malos recuerdos para el destino de calderas, pues siempre nos depara algún regalito la estancia en la misma, o se nos pincha una caldera ó pasa algo que nos proporciona un trabajo extra y nos permite disfrutar menos de esta cuidad que el resto de la dotación. En fin ya con todo el destino a punto y la satisfacción de haber realizado un trabajo bien hecho, continuamos nuestra ruta, sabiendo que nuestro próximo destino era nuestro puerto base, Ferrol, nuestra ciudad, mi ciudad. Llegamos el sábado día 29 de septiembre, con el pecho hinchado, orgullosos de ser los anfitriones de todo un destacamento de barcos de la OTAN, y sintiéndonos protagonistas ante toda la ciudad de que nuestro barco, la “Extremadura”, cumplía una misión, representando a España. Disfrutamos de dos días de permiso cada miembro de la dotación y el tiempo se hizo corto y pronto llegó el día de partir, el 8 de octubre salimos a la mar, de nuevo como protagonistas, pero esta vez tristes y
melancólicos.

Ya se sabía que a causa de los atentados terroristas España se había prestado voluntaria para colaborar en el control de tráfico marítimo en el mediterráneo y que a nosotros nos tocaba relevar a la “Santa María” en diciembre y que pasaríamos las Navidades fuera de nuestros hogares. Hubo días de crispación entre el personal, pero pronto todos nos hicimos a la idea de que era nuestro deber y así lo asimilamos. Después de 9 largos días de navegación en los cuales a mi me gustaba matar el tiempo, tocando la gaita y los yembes en cubierta, a parte de mucha lectura, entramos en la cuidad de Zeebrugge el día 17 de octubre. Puedo decir que me encantó Bélgica, otro país que nunca había visitado, que decir de la ciudad de Brujas, de su belleza, de su compenetrado ecologismo, de las miles de bicicletas, de una bella belga de cuyo nombre no quiero acordarme y sí de sus hermosos ojos verdes, de los bailes que me he pegado en el local llamado “Santa Fe” en el cual pinchaba un tal Marco Baley, viejo conocido de los amantes del tecno en España y con tanta belleza a mi alrededor pasaron los días rapidísimos y cuando me di cuenta ya era día 22 de octubre y teníamos que partir de nuevo, rumbo a España...


Continuaban los días en la mar, pasaban lentos y por veces el ánimo decaía, para luego restablecerse sabiendo que al llegar a Rota disfrutaríamos de turnos de permiso para poder visitar nuestros hogares. Llegamos el día 02 de noviembre y estaríamos hasta el 19, se repartieron dos turnos de permiso, yo disfruté del primero y tras
cruzar toda España en coche alquilado, llegué a mi Galicia para estar con los míos una semana, para luego volver a cruzar España en dirección contraria, rumbo sur, también en coche alquilado. Una vez en Rota, después de montar un par de guardias, pude disfrutar de un fin de semana en Almería en casa de una amiga, antes conocería a una francesita en Granada, después de haber perdido el autobús dirección Almería y tener que pasar la noche en la bella ciudad de la “Alambra”.
Luego tras una intensa y fructífera estancia en Rota partimos el día 19. Y comienza teledura, arrasa en todas sus expectativas y el personal de a bordo, exige la emisión de más programas. Que decir tiene que para los encargados de la emisión de teledura, comienza una nueva navegación, más ocupada si cabe, pero también más amena y divertida. El 30 de noviembre atracamos en Túnez y comienza la era del regateo, todo el mundo compra regalos y todo tipo de enseres que en nuestra patria no estarían tan baratos. Y de nuevo con el buque repleto de timbales, cachimbas, alfombras, etc., el día 3 de diciembre salimos a la mar. El 6 del mismo mes entramos en la base naval de Aksaz, pudimos disfrutar de la ciudad de Marmaris, y convertirnos todos en millonarios, yo personalmente he pasado horas y horas metido en un ciber, chateando con mis amigos de España, por un precio muy inferior al que hubiera pagado en nuestro país.
El 10 partimos ha realizar la patrulla, unos doce días nos esperaban por delante, las Navidades estaban cerca, el ánimo decaía, menos mal que ahí estaba teledura para crear un ambiente de positividad. Hasta que de repente la caldera de popa dijo que no aguantaba más y pinchó. El día 18 entrábamos en puerto en la base naval de Souhdabay y nuestros paisanos de Bazán, esperaban para efectuar la reparación, hasta el día 21 mis compañeros de la caldera y yo trabajamos intensamente para dejar todo a punto y poder pasar unas Navidades tranquilas. Al fin con todo listo llega el día de nochevieja, buena cena, concurso de villancicos, que por cierto sonaba en el ambiente un cierto rumor de tongo, algunas copas y compadreo generalizado entre todos los miembros de este buque. Al final, a pesar de estar lejos de nuestros seres queridos todo el mundo se lo pasó bien y yo no iba
a ser menos. Es preciso que mencione el hermoso paseo en coche por la isla de Creta en compañía de dos buenos amigos y compañeros, hemos divisado paisajes preciosos, playas, montañas, cuevas y disfrutado de la tranquilidad que uno a veces necesita para recargarse las pilas. El 26 se acabó la visita a la isla y comienza de nuevo otra patrulla, con el barco a punto y el personal más relajado. Llega el ansiado fin de año, algunos desilusionados, otros indiferentes y yo personalmente
preparando mis ritos de entrada al nuevo año, que por el simple hecho de estar en la mar no iba a dejar de hacerlos.
El programa especial de teledura fue todo un éxito, así como las campanadas desde el ayuntamiento de Ferrol. En la caldera, la vigilancia de 24:00 a 04:00, tomamos las uvas a la una de madrugada, para estar en sintonía
con los nuestros. Y ya dentro del nuevo año, como se pudo cada uno mandamos mensajes de felicitación a nuestras familias.
La navegación continuaba y los días se iban acortando, la llegada a Ferrol estaba más cerca y solo pensábamos en entrar de nuevo en la base naval de Aksaz, último puerto antes de la llegada a casa. Un suceso insólito, inhumano, alteró de manera absoluta nuestra tranquila entrada en el nuevo año, todos sabemos de que se trata y todos nos sentimos orgullosos de que al final se haya solucionado de la mejor manera posible. El 5 de enero, víspera de Reyes entramos de nuevo en la base de Aksaz.
El 8 recibo mensaje de que mi cuñada en Ferrol, dio a luz a una preciosa niña que pesó cuatro kilos al nacer, y feliz y contento, deseo que el tiempo transcurra rápido para poder conocerla. Con todos los millones y dólares que disponía, compré regalos para mis seis hermanos, mis padres, mis dos cuñados y mis cuatro sobrinos. Y todos cargados como reyes magos de juguetes y regalos, el día 10 de enero, partimos a realizar la última patrulla de esta Stanavforlant de casi 5 meses.

Hoy; día 12 de enero de 2002, cuando escribo estas palabras, estamos patrullando, quedan 9 días para la llegada a Ferrol y un programa especial fin de emisión de teledura, después de tanta aventura vivida, de tantos días de mar, de los varios y surtidos puertos que hemos visitado, puedo decir, que me siento satisfecho de haber formado parte de la dotación de este barco y que esta experiencia se incluirá en mi historia personal, y en el futuro podré contar a quien sea, con la cabeza bien alta de que el Cabo Primero Jorge Miguel Gago Chao, cumplió con su deber y además se lo pasó genial en la fragata “Extremadura”…

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EL REGALO



Sabela es la hija de un militar que navega por los mares, y de una profesora de alemán que imparte clases en la escuela de idiomas de la ciudad donde residen. Tiene doce años. Es alegre, divertida y sincera. Su elemento es el agua. Su color favorito el verde mar. Su gran virtud, el gran poder espiritual que posee. Hechiza su mirada, de un azul verdoso incandescente, e impresionan las bellas facciones que la caracterizan. Sus cabellos son del color del trigo, y observarla provoca cierta melancolía. Entrar en su vida no es fácil, pues elige con sumo cuidado a sus amistades. Tiene déficit de inocencia a su corta edad. Le gusta estudiar. Le encanta la literatura. Su juego favorito es el ajedrez, al que juega interesantísimas partidas con Breogán, su padre. El cual, tiene treinta y
tres años, el pelo castaño claro y los ojos color miel. Es alto y fuerte. Mecánico de la armada española.





Se encontraba navegando por aguas del Mar Egeo, a pocas millas de la costa de Turquía, país en el que de vez en cuando hacían una parada técnica.

Formaba parte de las fuerzas de intervención rápida de la organización de naciones unidas, que tras el terrible atentado del once de septiembre del dos mil uno, se había activado para la vigilancia máxima de posibles terroristas surcando los mares. Estaba destinado en la cámara de calderas, donde se producía el vapor que el barco necesita para alcanzar una velocidad de hasta veintiocho nudos.


Compaginaba su trabajo con escribir a su mujer y a su hija. Cada día un cuento a Sabela y una carta de amor a su esposa. Si le era posible los envía por email, pero a veces por seguridad no existía conexión, y lo enviaba por el correo ordinario.

Un helicóptero era el encargado de recoger las sacas de correo, normalmente una vez al mes. Le encanta jugar al ajedrez con su hija, y estaba deseando llegar a casa para batirse con ella...


Breogán le envió un gran paquete a su familia; dentro había una carta, un relato corto, collares, pulseras y pendientes. Además de una caja de madera de roble con un gran trisquél celta, tallado en relieve sobre todos y cada uno de sus lados. Le había enviado a su hija algo muy especial, porque después de varios puertos intentando encontrar algo que la sorprendiese, se le había aparecido un objeto que el intuía como algo misterioso. Recordaba que el turco al que se la compró le había dicho que era mágica, especial, que se la llevase a su casa y la intentase abrir. Lo notaba desesperado por venderla, y a pesar de su insistencia continuó su camino, mostrándose
firme en su negativa. El árabe lo siguió vociferando, reclamando negociar su venta, a lo que Breogán accedió con cierto pesar.


Pero cuando la tuvo en sus manos le intrigó sobremanera y comenzó a interrogarlo sobre su historia.


Le dijo que para abrirla debía de ejercer presión con el dedo índice de la mano derecha, justo en el centro del triskel, pero que él no había sido capaz de hacerlo en los momentos que lo intentó. También le comentó que la caja se la acababan de traer de Alemania, era muy antigua, y tenía poderes. Que le asustaba, y por eso decidió su venta. El marino regresó al buque con la caja y la metió en un paquete. Cuando pudo se la envió a sus chicas, que a los pocos días disfrutaron de su contenido.


El buque continuó su misión de vigilancia, patrullando la zona del Mar Mediterráneo, a unas cincuenta millas marinas del puerto Israelí de Haifa. Tal y como le había aconsejado su padre, Sabela, escribió en un papel todos los hábitos negativos que le incomodaban en su vida. Cosas del tipo, no ayudo a mamá en las tareas del hogar, tengo demasiada pereza en clase. Luego, preparó un incienso de sándalo y una vela morada. El color morado le ayudaría a prevenir las
pesadillas y la tristeza, según su madre le había comentado en una ocasión. Dobló la hoja mientras se concentraba, y le envió todas sus preocupaciones y vibraciones negativas.

A medianoche; junto a su madre, quemarían los malos hábitos escritos sobre el papel, con la única luz del fuego de una vela, en un ritual en el que esta vez no estaría su padre de cuerpo presente…
Cada vez que Sabela recibía un cuento de su padre, le gustaba leerlo al calor de la chimenea, siempre por la noche y antes de irse a la cama. Era consciente de que
Breogán siempre trataba de enseñarle algo a través de la lectura, los valores que aprendía, debía de aplicarlos en la vida. Su madre repasaba un periódico alemán para practicar el idioma. Ambas se sentían felices en esa escena tan acogedora. Lada había nacido en Alemania, posee verdes ojos color esmeralda. Tiene un cuerpo que roza la perfección, y al cual, acompaña una larga melena rubia de un pelo cuidado a conciencia durante muchos años. Excepto en los ojos, su hija es igualita a ella, eso la enorgullece. A los once años vino a España con sus padres.

Eran emigrantes gallegos que regresaban a su lugar de origen. Al principio sólo hablaba alemán, con el paso del tiempo consiguió aprender el gallego y el castellano. Breogán, la animó para que estudiase filología alemana, ella le hizo caso. Hoy en día tiene un buen trabajo.


Esa noche de año nuevo realizaron el ritual, después leyeron el cuento sentadas a la vera de la chimenea. Pero de repente les fue venciendo el sueño y decidieron irse a dormir. Y en ese mismo instante, en otro espacio diferente, Breogán salía de guardia. Se disponía a pegarse una ducha, luego se acostaría cuanto antes, para pensar en su familia con tranquilidad. Era una larga singladura, se le hacía interminable, más en una noche tan señalada.


En el salón de la casa y encima de una mesa de cristal, la caja de madera que le envió a su hija emanaba un haz de luz violeta y muy brillante, pero cesó en el momento
en el que entró su mujer. Lada se olvidara de leer la carta que le había enviado, y tras comprobar que la niña dormía se dirigió al salón. Encendió la luz, buscó la carta con la mirada. Enseguida la identificó encima de la mesa de cristal, apoyada en la caja de madera. Se dispuso a tomarla en sus manos, pero al intentarlo notó una extraña corriente de aire caliente que la asustó. Las acercó de nuevo; despacio, con cautela, y sintió de nuevo ese aire extraño. La tocó y se sorprendió aun más al encontrarla helada. Contrariada por lo ocurrido se alejo despacio, mirando para la carta, pensativa e impresionada. Al llegar a su habitación se acostó en la cama, y se tapó. Nerviosa comenzó a leer:

"A Lada, mi Luna”

Hola cariño. Cien días han transcurrido desde que no os veo. El tiempo avanza imperioso y estamos a días de volver a vernos. En el paquete que envié hay una caja de madera. Deseo que la cuides como si fuese oro. Seguro que no sabes de lo que te hablo. Pronto te lo explicaré, en cuanto llegue a casa. Es necesario que Sabela también la cuide. Parece ser que es muy antigua. En su momento os daré las explicaciones necesarias. Hasta entonces. Cuidaros mis niñas que os quiero.

¡Breogán os quiere!

Apoyó el papel en su mesilla de noche, se tumbó y cerró los ojos. Su marido siempre le preparaba sorpresitas. Se durmió con una leve sonrisa en los labios. La caja resplandecía sin que nadie de ello se percatase, y su tonalidad era azulada.


Breogán se tumbo en su litera. Se imaginaba la sorpresa que llevaría su hija con el regalo que le envió. Confiaba en la palabra de Carmelo, si era cierto lo que lo que le había dicho, algo muy intrigante les esperaba. A saber lo antigua que podía llegar a ser...

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CUANDO ESTUDIABA EN EGB





Eran días duros, de levantarse temprano y tener que vestirse recordando que pasarías las próximas horas escuchando las enseñanzas de profesores bien distintos, que a buen seguro lo cargarían a uno de deberes. Eran mañanas de agobio pues si aun encima llovía el camino al colegio se hacía infernal, y si para colmo había que llevar de la mano a dos de mis hermanos pequeños que empezaban el parvulario, pues ya tenía tela el comienzo de la mañana. Yo cursaba tercero de EGB, en un colegio sólo de chicos, en un colegio cuya parte de sus profesores eran Hermanos de La Salle. Yo venía de uno bien distinto, uno de pago, el antiguo Raparíz, donde teníamos que vestirnos de uniforme con corbata y todo. Las chicas llevaban faldas entabladas hasta la rodilla, y eso provocaba más de una travesura por parte de los chicos. Por ver bragas hacíamos lo que fuera, hasta pasar por debajo de la mesas y mirar hacia arriba. Pero eso si, nunca nos dejaban verlas con atención, pues al instante la sonora bofetada nos hacía olvidar por completo esas malvadas acciones.



En una ocasión; tras la salida del colegio, me fui corriendo hacia una chica que hacía tiempo me gustaba, me frené frente de ella, y le di un gran beso en los labios tras lo cual escapé corriendo. No esperé el autobús escolar, por vergüenza a continuar allí empecé a correr sin parar. Y luego, medio perdido, me eché a llorar por no saber como volver a casa. Y Así me encontró mi abuelo Pepe, que tras contarle mi historia se empezó a reír sin parar, me dio un par de besos y me acercó hasta la parada, entregándome una moneda de cien pesetas que cortaron de repente todas mis preocupaciones. Y ya montado en el autobús, me despedía con la mano de mi abuelo diciéndole adiós, y esperando a la bronca que me iba a caer en casa por llegar tarde a comer. Menos mal que tenía la excusa de haber visto al abuelo...

Esos recuerdos de la época en el colegio La Salle, me hacen recordar a multitud de personajes, algunos de ellos ya fallecidos por haber caído prisioneros de un mundo, pues un alto índice de los de mi generación acabó en los mundos oscuros de la droga. Aun así las vivencias junto a ellos continúan vivas y el recuerdo de volver a vivirlas es grato para todos, pues es literatura.

En sexto de EGB, todos temíamos al Brother, pues así se hacia llamar, era un hermano de la Salle que pasó algunos años en Inglaterra, era nuestro profesor de Inglés. Un tipo duro, casi grotesco, pero de muy buen corazón. Soltaba cada bofetada… En una ocasión desplazo a un compañero de la primera fila de pupitres a la última. El pobre chico estuvo las dos horas que duró la clase con la marca de su mano en la cara. Le llamábamos Patatoes, osea patata en inglés. Por veces, ciundo escribía en la pizarra de espaldas a nosotros, le gritábamos alternativamente sin que nos descubriese, “Patatoes”, “Patatoes”, el pobre se cabreaba y empezaba a gritarnos:

- SILENT PLEASE, SILENT PLEASEEEES, SILENT PLEASEEEEEEESSSS

¡Caray!, cómo no nos íbamos a callar, temíamos a sus grandes manos fuertes y gordas.

Al salir del colegio, cuando ya todo el mundo quería irse para casa corriendo, a mí me tocaba esperar a los pesaditos de mis hermanos pequeños que siempre les pasaba algo. Su lento caminar me fastidiaba de tal manera, que los enganchaba por las manos y a paso apresurado tiraba camino hacia el hogar, mientras ellos los pobres no podían hacer otra cosa que correr a mi lado para coger mi paso apurado y no ser arrastrado por mis brazos. Y es que ser hermano mayor tenía sus ventajas. Estábamos a principios de los años ochenta y muchas aventuras nos quedaban aun por vivir. Y yo con diez años, estaba dispuesto a vivirlas todas, pero en otra ocasión os las contaré.

Siempre es bueno recordar, sobretodo escribiendo, por que así también creamos literatura.

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EL CORSITA ROJO




Había conseguido comprar un coche nuevo tras conseguir para la entrada, unas cien mil pesetas, una tía materna y mis padres me dejaron para la entrada del mismo. Yo pagaría veintisiete mil pesetas durante cinco años. O sea, que hasta agosto de mil novecientos noventa y siete no me libré del crédito por la compra del Opel Corsa Swing + 5 Puertas de color rojo. Mis padres durante ese tiempo me ayudaron en buena medida a pagar los recibos de rigor. Era el verano del noventa y dos; yo tenía dieciocho años, coche nuevo, trabajaba de forjador de metales en el puerto ferrolano, herrando las verjas que más tarde montamos en la carretera baja del puerto de Ferrol.


Hoy en día pueden observarse, y es un orgullo que el que escribe estas palabras pueda apreciar que parte de su obra con el tiempo aun continúa en pie.



Fue una época de aprendizaje, donde aprendí un oficio que luego me sirvió para espabilar como mecánico en muchos aspectos.



Porque después de terminar en la escuela taller “Piedra y Mar”, montamos una Cooperativa, avalada y promovida por el hoy actual Alcalde de Ferrol, Don Vicente Irrisarri, de aquella presidente de la entidad portuaria. Pero al terminar el trabajo encargado, hasta la vía del tren de la carretera baja del puerto, la cooperativa se disolvió y cada uno se buscó la vida por otros caminos laborales. Con el Opel Corsa rojo me dirigí a numerosas empresas del metal de los distintos polígonos industriales de la provincia de A Coruña, sin conseguir el trabajo que tanto deseaba. Estaba cobrando el paro, Sesenta y dos mil pesetas, era el año noventa y tres...

Comencé a estudiar para la policía nacional, me gustaba la idea y lo intenté. Estuve estudiando durante meses hasta las pruebas, pero al final fallé en las físicas por no estar en forma al cien por cien, tanto coche nos acomodó a andar menos. Era junio del noventa y cuatro cuando decidí presentarme a las pruebas de ingreso a la Armada Española como marinero profesional, las aprobé a la primera, me convertí en un par de meses en un marinero mecánico de instalaciones de vapor, por lo que no tardaron en enviarme destinado a mi primer destino; la Fragata Cataluña. Y a partir de ahí comenzaron una serie de aventuras que en otra buena ocasión os narraré. Pero lo cierto es que pude disfrutar de mi corsa rojo mientras lo necesité me duró catorce años de buenas batallas por la carretera, y el solo mira su foto evoca en mi multitud de recuerdos de amores y desamores, de historia personal, de viajes sin fin por las carreteras gallegas descubriendo sus paisajes.

Tuve un gran accidente cuando me dirigía a la ciudad de Lugo por la carretera vieja de As Pontes, el orballo gallego y una curva cerradísima por la zona de Lourentín, hicieron que las ruedas se bloquearan y no pude evitar la caída por un barranco de unos cuatro metros de profundidad. Dando un par de vueltas de campana y quedando de nuevo en posición normal. Menos mal que llevaba puesto el cinturón de seguridad. La música de Bob Marley continuaba sonando, todos los cristales del Opel corsa habían estallado y el techo se había hundido tocando casi en mi cabeza. Yo no tenía ni un rasguño, había salvado la vida milagrosamente. Años más tarde pienso en lo sucedido y llegando a la conclusión que algún ángel de la guarda me ha protegido seguro. Aquella noche lloré resguardándome de la lluvia bajo la puerta del maletero que a duras penas pude abrir. Era una zona oscura, sin iluminación, pasé unas horas infernales esperando a que llegase alguien para ayudarme, que al fin sí apareció. Y lo que menos me dolió fue la reparación, una cuatrocientas mil pesetas, el corsita rojo merecía continuar viviendo.

Y con el se fue una parte mi, una parte de pasado. Y la verdad es que era simplemente un coche, pero que cariño se le coge, y que tristeza cuando cesó en su andadura después de más de catorce años…

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LA SINGLADURA DE LA VIDA





Cierto día me embarqué. De la hermosa mar me enamoré. Me dormí danzando al ritmo que imponen sus olas. Me desperté en otro mundo, rodeado de agua infinita. Amarrado en cubierta durante la noche, con el aroma del salitre y el tierno sonido de la ruptura de las olas, le pido un deseo a cada estrella. En la mar se juntan el lamento con la melancolía. Los recuerdos con los sueños. El amor con la soledad.





Me cuesta dejar de mirarla. Cada ola es un pensamiento. Su espuma incandescente acompaña él transito de mi nave. La oscuridad se llena de hermosas luciérnagas acuáticas que iluminan mis sentimientos. No puedo, no puedo vivir sin la mar. Necesito dormirme a su lado. Ella me transmite energía. No me alejo de la mar, la necesito. En tierra los peligros son otros y la soledad es mayor. En los océanos la vida es más cumplidora con las leyes de la naturaleza. Sus habitantes sobreviven a humanos irrespetuosos que se adueñan de medio mundo sin ton ni son, contaminando sus fluidos de la vida. Aniquilando a sus células vivientes.


Soy más feliz navegando porque observo a las ballenas y me asombro de su poder, de su inmensidad. Quiero vivir en el mundo de Neptuno. Quiero encontrarme con las sirenas. Quiero nadar junto a un caballito. Son tantas las cosas que cavilo en cubierta, que me permiten retornar a puerto, con mis ideas en orden y bien aclaradas. Una vez en mi casa, mirando por la ventana sólo puedo pensar en problemas, que no se tienen surcando los mares. Aunque sea reservado y no quiera problemas con nadie, siempre hay algún compañero de raza animal que fastidia sin remedio. Y es que la naturaleza es así. Los habitantes de la tierra destruyen, mientras los habitantes de la mar intuyen que van a morir. Por eso yo navego, quiero morir contaminado. Lloro al mirar las lagrimas negras que escupe la mar salada. Soy feliz desde que embarqué. De la mar salada me enamoré.

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ESA LUZ QUE ME ILUMINA




Gracias a un teléfono un día me encontré,
con una dulce dama,
Y de ella me enamoré.

Una cita a ciegas y Breogán como testigo,
me iluminaron sus bellos ojos,
me besaron sus tiernos labios,
Y su sonrisa estaba conmigo.

Un amor intenso lleno de dulzura,
Claro, puro, sincero y de locura,
Mimos, ternura y cariño,
Ella es mi niña, yo soy su niño.

SONIA desde un principio me comprendió,
Llegó a mí cuando más la necesitaba,
Cuando mi vida de problemas me amargaba.
Para siempre su ayuda me ofreció.

Y es por ello, que más que nadie mi amor merece,
Porque cuando me estaba muriendo,
Mi niña aparece.
Me rescata de los lamentos y malos sentimientos,
Que por culpa de una vida alocada,
Estaba sufriendo.

Y con mi SONIA aparece la ilusión,
Se llena todo de alegría,
Me llegan las ganas de vivir,
Y a mi niña para siempre,
Deseo verla sonreír.

La mágica mirada,
Ojos verde mar,
Esa luz que mi ilumina,
Esos ojos que me hacen soñar.


Eres la luz que me guía,
La que me indica el camino y me sorprende con su bondad.
Una luz que ilumina mi vida de amor y felicidad.


En tan poco tiempo, te amo.
Y es tan intenso, nunca me ha pasado.
Sí, otras veces estuve enamorado,
Pero por precaución, parte de mi amor estaba guardado,
En cambio contigo mi SONIA, me siento desesperado.


Y que se pudran en el olvido,
esos triste veranos de desamor,
esos traicioneros agostos,
y esos falsos amores a los que para siempre he perdido.

Todos los agostos de mi vida,
en compañía de mi SONIA,
junta a ella un futuro lleno de ilusión,
noches llenas de pasión,
ilusiones llenas de esperanza,
nuestro amor es una canción,
una pareja digna de alabanza.

Que para toda la eternidad,
Suene nuestra melodía,
Esa canción de fantasía,
Y ese amor de felicidad.

Por eso es la luz que me ilumina...


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EN BUSCA DE AVENTURAS


Había decidido viajar a Barcelona porque era un sueño para el conocer esa ciudad. Con veinticinco años era la primera vez que la visitaba. Lo cierto es que era la primera vez que salía de su pueblo, del interior de las montañas lucenses. Estaba acostumbrado a arar la tierra, a cuidar animales, a vivir sin las comodidades propias de una ciudad. Pero aun así no era un cateto, le encantaba la lectura y su nivel cultural era bastante avanzado con respecto a otros chicos de la ciudad. Le encantaba escuchar la radio mientras realizaba sus labores de agricultor ganadero.

Vivía con sus padres, ya mayores para los duros trabajos de la tierra, y estaba un poco arto de continuar en esa situación. Su espíritu le pedía libertad, deseaba conocer mundo y viajar sin parar. Y un buen día se decidió; lo comunicó a sus padres, que bastante sorprendidos lo despidieron con llantos en los ojos como si se fuese para la guerra. Sus maletas llenaron el maletero del taxi, y elevando la mano izquierda a través del cristal de la ventanilla, se despidió de unos ancianos un poco encorvados y vestidos de negro. Comenzaba para el una nueva aventura.

Se dirigió al aeropuerto de Labacolla en Santiago de Compostela, el taxi le cobró una barbaridad, y a partir de ese día aprendió la lección, se prometió a si mismo negociar el precio del trayecto con el taxista antes del viaje. Ya en el aeropuerto se desenvolvió bastante bien, se dirigió a ventanilla y compró el billete para Barcelona. En una hora le saldría el vuelo, era la primera vez que viajaba en avión, pero no estaba nervioso. Lo tomaba como una aventura. Sabía que durante esa semana que estaría de viaje sus padres estarían bien atendidos por la asistenta social que los visitaba varias veces por semana. Era feliz. Observaba todo como si estuviese dentro de un sueño irreal, se asomó al enorme escaparate de la zona de embarque, y comprobó en vivo y en directo como los aviones despegaban y aterrizaban, en un vaivén mareante. Se imagina allá arriba, volando y mirando hacia abajo, no estaba seguro de si iba a sentir vértigo o no. Cuando estaba inmerso en esa clase de pensamientos escuchó por la megafonía el anuncio de su vuelo. No tardó en encontrar el lugar por donde debía de acceder al avión.
Y cuando se dio cuenta ya estaba sentado a lado de la ventanilla escuchando los fuertes ruidos de los motores, el avión comenzó a moverse. Con los ojos abiertos como platos fue descubriendo poco a poco la sensación que producía elevarse en el aire. El avión tomaba altura, comenzó a ver todo más pequeño, estaba pletórico de ilusión, estaba volando. …

Y el vuelo le resultó maravilloso. No cesó en su empeño de mirar de continuo las formas que las nubes formaban enlazándose entre sí bajos sus ojos. El vuelo era directo a Barcelona, cuando el trayecto finalizaba fue descubriendo desde el aire la ciudad condal. Colmado de asombro e inquietud sentía una sensación extraña y los oídos le pitaban, el avión comenzaba a descender. Esta vez si que pasó miedo, pues las vibraciones y el bamboleo del avión asustaban a cualquiera. Pero pronto se estabilizó el asunto y se vio rodando ya en tierra por una larga pista del aeropuerto. El viaje se había terminado, por primera vez ponía sus pies en Barcelona.

Tuvo suerte con las maletas, pudo recogerlas y comprobar como otras personas protestaban por la desaparición de las suyas, algo normal. Pasó todo tipo de controles de seguridad, y finalmente descendió por unas escaleras mecánicas que nunca antes había pisado, le pareció gracioso el asunto de ser transportado como una maleta. Al salir por la puerta principal del aeropuerto una maraña de taxistas se le ofrecieron para llevarlo, les dijo que no a todos, prefería tomar el autobús y librarse de un buen gasto que seguro le supondría el viaje en el taxi. Así lo hizo, tomó el autobús y contempló por primera vez el paisaje de esa ciudad.

Se bajó en la misma plaza de Cataluña, con una mochila a la espalda arrastró su maleta hacia un banquillo mientras estupefacto observaba el ambiente que se respiraba. Sacó de su mochila un bocadillo de queso y jamón serrano, y feliz se integró en un paisaje variopinto y multicultural. Era la primera vez que veía en persona a gente de color, a musulmanes con turbantes y mujeres con pañuelos en la cabeza. Le sorprendían los olores que a ráfagas le llegaban, pues unos jóvenes del banquillo de enfrente estaban fumando unos cigarros de olor extraño, que identificó como droga, eso de lo que tanto hablaban en la radio que el escuchaba cuando trabajaba la tierra. No entendía el porqué inhalaban ese humo para luego volverlo a soltar. A sus veinticinco años ya era hora de que fuese conociendo in situ la vida real, aun así, pensaba que mejor le sentaba ese bocadillo de queso con jamón serrano que ya se estaba terminando. Sin prisas, se levantó y comenzó a andar con su maleta a cuestas, pero sin cesar en su empeño de observarlo todo. Se dirigió hacia las Ramblas, allí su gozo se incrementó al pasear por el centro neurálgico e histórico del barrio barcelonés. Siempre con su maleta y su mochila. La gente lo observaba al pasar y veían a un joven corpulento y alto, que caminaba despacio y con cierta tranquilidad misteriosa. Por un momento se paró ante un mimo vestido de romano, cada vez que alguien le entregaba en su casco alguna moneda, realizaba un movimiento con su espada. Empezó a encestar en su casco monedas de veinte céntimos a una distancia considerable, le pareció gracioso y de confianza lo que estaba viendo, pero enseguida comprobó como los movimientos del mimo romano fueron amenazantes con su espada hasta ponérsela en el mismo pescuezo. Se paró en seco, asustado comprobó la sonrisa del mimo y que al tiempo retiraba su estoque antes del envite. El pequeño grupo de personas presentes aplaudieron la escena, se reían de la cara estupefacta y asustada del chico gallego, el romano de nuevo se quedo quieto como la tal estatua que representaba. Y el de Lugo comenzó su marcha sonrojado por haber sido objeto de tan macabra bromita.

Se dispuso a buscar un hostal y sin muchos miramientos lo encontró en una de las calles adyacentes a Las Ramblas. Contrató una habitación, y en ella descansó durante un par de horas y aclaró en su mente todo lo nuevo que había vivido. Pensaba en sus padres, estaba seguro que estarían bien, se sentía feliz y contento de estar en Barcelona. Y no tardó en darse cuenta que dentro de esa habitación no iba a descubrir todo lo que se le ofrecía fuera de ella. Así pues vistió sus mejores galas, un sombrero de terciopelo gris y un bolso bandolera de cuero marrón, su típico pantalón vaquero de color azul marino y sus botas de montaña de color negro que tan buen andar le daban. En la recepción del hostal recogió unos panfletos publicitarios de diferentes ofertas culturales y un croquis del metro de la ciudad. Deseaba ir en metro, viajar en tren por debajo de la tierra y descubrir lo que sienten muchos de los ciudadanos que lo utilizan cada día. Retornó a Las Ramblas; subió hacia la plaza de Cataluña, cerca de un conocido centro comercial encontró una entrada al metro, bajó por las escaleras.

Lo estaba pasando genial, nada le hacia entrever que le pudiese pasar algún peligro, sabía lo de la inseguridad ciudadana, pero con su cuerpo se sentía capaz para defenderse ante lo que fuese, era un brutito de su pueblo, más gallego que ninguno. Pero la ciudad es la ciudad y los peligros que acechan son muchos y si aun encima se ignoran es mucho peor. Compró un billete en ventanilla, le costó adivinar el lugar por el que debía de introducirlo para que se liberase la ruedecilla de hierros. Una señora observó sus dudas para acceder al andén y le ayudó a introducir su papeleta. Lo invitó a caminar, desbloqueando así ese acceso. Una vez dentro se perdió en un mundo de pasillos, ya eran las diez y media de la noche, y no sabía a donde ir. Con el croquis del metro en la mano estudiaba los distintos lugares a los que podría dirigirse, y por veces se detenía a observar los enormes carteles publicitarios con chicas semidesnudas, ensoñando durante unos segundos un amor que nunca tuvo, pero le gustaría tener. A sus veinticinco años nunca había estado con una mujer y deseaba hacerlo durante esa semana, era su objetivo principal. Pero de momento lo que deseaba era viajar por Barcelona y conocer los diferentes lugares emblemáticos de la ciudad. Así pues se decidió por Sagrada Familia. Abordó a algún transeúnte para preguntarle si ese era el lugar que estaba buscando, finalmente le indicaron el túnel por el cual accedería al tren que lo llevaría a su parada. Y así lo hizo.

A esas horas no había mucho agobio de gente en los vagones, por lo menos en los que él le toco viajar. Miraba ensimismado en sus pensamientos a las personas que circulaban cuando el tren se detenía y las puertas se abrían de repente para dar paso a un trasiego de personas que le hacían distraerse de una manera muy amena. Le parecía raro viajar en metro, siempre le gustaba mirar por la ventanilla, pero una vez que el metro estaba en marcha todo era negro. Le parecía que viajaba a una velocidad de vértigo, pero luego se aburría y se veía obligado a observar a las personas. Entre unos y otros se cruzaban miradas, son momentos raros, de no saber que hacer. Hasta que llega de nuevo la siguiente parada y aparece la luz. De nuevo puede observar.

Durante tres paradas fue sentado a lado de la ventilla sin cambiar de tren, disfrutando del momento. Pero en la cuarta parada entró una pandilla de chicos que le helaron la sangre, pues uno de ellos iba jugando con una navaja de esas que llaman mariposa, manejándola como un profesional y mirándolo fijamente. El torció la mirada, pero aun así no logro desviar la atención de esos chicos con pintas de violentos que se sentaron a su lado. Eran cuatro; todos con la cabeza rapada, cada uno con diferentes escudos en sus cazadoras de cuero negras, sus pantalones eran ajustados y de los cuales colgaba alguna cadena de un importante grosor. Uno estaba de pie, los otros tres ocupaban los asientos que estaban libres alrededor del chico gallego que muy asustado intentaba evitarlos con la mirada. En el vagón habría unas veinte personas, casi todas concentradas en el lado opuesto a donde se encontraba nuestro protagonista y sus aterradores amigos. El tren se puso en marcha. Él no sabía hacia donde mirar, pues nada tenía que observar por la ventanilla, y si giraba la cabeza se enfrentaría a esos chicos que tanto le intimidaban a pesar de su corpulencia. Se decidió. Miró al que tenía a su lado, el que estaba jugueteando con la navaja, sin parar de hacer ruiditos. Y éste le dijo:


- ¿QUE MIRAS TÚ? ¿TE GUSTO MARICONA?

- No. No me gustas. No soy maricón.

- ¡OOOOOOO! ES GALLEGO EL CHICO.

- SI. Soy de Galicia.

- Ja, ja, ja. Ja, ja, ja.

- UN GALLEJIÑO MARICONCIÑO. Ja, ja, ja.

Era evidente el momento de tensión al que se enfrentaba, era la burla de esos cuatro chicos de los que estaba rodeado y sin escapatoria, tres sentados y uno en pie. Uno de ellos blandiendo una amenazante navaja. Todos riéndose de él; mofándose de su vestimenta, que si su gorrito, que si su bolsito. Hasta que su orgullo le impidió continuar aguantando y soportando semejante burla. Sin mediar palabra movió con rapidez su brazo y le asestó un golpetazo con el codo a la cabeza del chulo que blandía la navaja. Todo sucedió muy rápido, y aun encima se lo dijeron en voz alta, gritando:

- ¡VAS A MORIR CABRÓN!

El que estaba de pie lo agarro por los hombros impidiéndole que se levantase, los otros le agarraron las piernas, dándole patadas donde más duele. El de la navaja se repuso dolorido, la recogió del suelo. Con la mirada que le dirigió a sus compañeros se entendía perfectamente dejármelo a mí. Ni se lo pensó. Le introdujo la navaja mariposa hasta el fondo del pecho en el lado del corazón. El gruñido, quejido, llamó la atención de los demás ocupantes del vagón que en el otro extremo estaban a lo suyo, nadie deseaba entrometerse. No vieron tampoco como el chico había sido apuñalado, pues sus compinches impedían la visión. Al momento se anunció la llegada a la próxima estación. Los jóvenes aguantaban el cuerpo inconsciente del chico, esperando a que se abriesen las puertas y soltarlo, abandonándolo a su suerte. Así lo hicieron. Se escaparon corriendo. Una vez que el tren se detuvo, apoyaron la cabeza del chico sobre la ventanilla, y desaparecieron.

El chico gallego de las montañas lucenses se llamaba Marcos, deseaba conocer mundo y tener nuevas experiencias en la vida, pero un grupo de desalmados se lo impidieron. Murió casi al instante, la puñalada fue certera. El charco de sangre bajo su asiento delataba la escena que acaba de ocurrir y alguien se acercó a socorrerlo, pero ya era tarde. Nadie hizo nada para ayudarle, y lo cierto es que hace falta valor. Sus ancianos padres recibieron la noticia de la asistenta social, a la que le comunicaron la noticia a las pocas horas. Ella se encargaría de que entre las autoridades y los vecinos del pueblo, le diesen un entierro digno a ese aventurero que se fue en busca de su aventura y encontró la muerte.

De sus asesinos nada se supo, nadie nunca los identificó. A buen seguro continúan cometiendo tropelías y acciones violentas para aumentar su ego, y terminar de forjarse a si mismos como asesinos violentos y radicales. De esos; que ni derechos, ni libertades, ni dada. Que la vida en algún momento los ponga en su sitio, que se cumpla la ley de la causa y efecto. El que la hace la paga. Si no es en esta vida, a lo mejor se pudren en el infierno al que tanto veneran cuando abandonen este mundo.

Marcos, con veinticinco años, dejó de vivir.

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LA REPRESIÓN OBRERA DEL SETENTA Y DOS



Después de unas importantes asambleas clandestinas, los vocales jurados que representaban los intereses de los trabajadores fueron suspendidos de empleo y sueldo. Se enteraron en las primeras horas de la mañana del día nueve de marzo de mil novecientos setenta y dos. La noticia corrió como la pólvora por el entorno del astillero, y en solidaridad con sus compañeros se concentraron en las gradas cientos de trabajadores. De allí fueron a la explanada donde se encontraban las oficinas de la dirección de la empresa y escucharon las palabras del director, que no logró convencerlos. En ese lugar permanecieron sin retornar a su puesto de trabajo hasta bien entrada la tarde. El requerimiento de las autoridades para que abandonasen la empresa no fue suficiente para disolverlos. Eran las tres y media de la tarde y las fuerzas de seguridad tomaron la empresa. Había varias grilleras dentro del astillero, y sobre las cinco y cuarto de ellas se bajaron numerosos policías cargados con sus porras y demás utensilios de fuerza, no dudaron en cargar contra los indefensos trabajadores.



A la salida del astillero les esperaba otro buen número de efectivos policiales que los acorralaron, repartieron palos de lo lindo a diestro y siniestro. Varias pelotas de goma rompieron cristales de algunas casas particulares del barrio de esteiro. Los botes de humo y los porrazos estaban en la orden del día, muchos obreros yacían en el suelo doloridos por las palizas.
Los trabajadores corrían por todas las esquinas posibles para escapar del asedio de los temibles cuerpos de seguridad represores, en esos tiempos de dictadura venida a menos. Estaban acorralados. Fueron numerosos los heridos, que por miedo a curar sus heridas en los hospitales y evitar represalias de las autoridades, las curaron en casas particulares de manera clandestina.

Mi abuelo estaba cansado de tanto correr, se había escondido entre los árboles del cantón, el barullo y el alboroto creaba en esos momentos la imagen del caos en Ferrol. Tenía miedo, eran numerosos los policías que corrían detrás de los trabajadores ensañándose con ellos a golpes con sus porras. Había recibido un pelotazo en una pierna, no podía caminar sin tener que soportar un enorme dolor. Quería refugiarse en casa de mi madre, que por aquellos tiempos vivía en la Travesía de San Luís, justo enfrente de batallones. Como pudo fue evitando a los policías que al verlo tendido lo aporreaban sin miramiento alguno. Logró a duras penas llegar a casa de mi madre, malherido y atemorizado por lo que acababa de vivir.
Era El Ferrol del Caudillo de mil novecientos setenta y dos. El diez de marzo, al día siguiente, los trabajadores de los astilleros demostrarían un espíritu de unión obrera, que sería el ejemplo para que en muchas localidades de Galicia y España se alzasen a reivindicar sus intereses.

Decidieron agruparse enfrente las puertas del astillero a primeras horas de la mañana, para protestar y reivindicar la represión sufrida el día anterior. Decidieron hacer paro general ese desgraciado día 10 de marzo. Como el gobierno no estaba dispuesto a tolerar ese tipo de situaciones en el país, enviaron a Ferrol mayor presencia policial.

Los obreros sólo deseaban manifestar un trato digno, el derecho a ser escuchados en negociaciones futuras, y no ser reprimidos por la fuerza bruta que demostraba la policía por aquellos tiempos. Pero cuando comenzaron su recorrido por las calles, las fuerzas de seguridad del estado dictatorial ya los estaban esperando. Eran unas cuatro mil personas, unidas para reivindicar sus derechos, pero no los escucharon. La policía recibió la orden de cargar contra la multitud, cuando esta iniciaba su recorrido por As Pías en dirección a Caranza. Los obreros en vez de acobardarse y huir como el día anterior, se enfrentaron valientemente a las fuerzas de seguridad, cargados con palos y piedras, decididos de una vez por todas a luchar unidos. Pero la policía disparó de manera indiscriminada, con sus zetas ametralladoras y sus pistolas, logrando alcanzar a numerosos heridos. A los desgraciados diez minutos ya había un muerto. Y otro más poco después. Sus propios compañeros los trasladaron al hospital, mientras otros, ya enloquecidos por la noticia que corrió como un rayo de la muerte de un compañero, lograron acobardar a los sorprendidos policías que nada pudieron hacer para reducirlos que escapar del lugar.
Se crearon piquetes informativos para que los vecinos de Ferrol y su comarca supiesen lo que acababa de acontecer. Ese día hubo cientos de contusionados, más de una docena de heridos de bala, entre ellos dos muertos. A todo juicio racional le queda manifiesta la desproporcionada actuación de las fuerzas de seguridad del régimen de Franco. Ese día Ferrol era una ciudad asustada. Las personas se encerraban en sus casas, temerosas de futuras detenciones que finalmente se produjeron.

Mi abuelo, maltrecho de las heridas del día anterior, no pudo acudir a la manifestación de ese desgraciado diez de marzo. Se quedo en casa, pendiente de la radio y el televisor. Salvando a lo mejor su vida, por que si no llega a estar maltrecho, a buen seguro que estaría ahí al pie del cañón. Eso sí, acudió al entierro de los compañeros fallecidos, donde según contaba había cientos de policías custodiando el mismo. Como si eso fuese una nueva manifestación que el régimen franquista entendía como peligrosa. Eran los últimos avatares de la dictadura. Pero fueron momentos duros, llenos de dolor, pero de una unión obrera ejemplar en cualquier lugar del mundo. Los fallecidos se convirtieron en una especie de mártires de su Lucha.

Hoy en día, en el barrio de Recimil (Ferrol), se puede observar el Monumento al Obrero. Cada diez de marzo, se celebra una manifestación en recuerdo de aquellos hechos. Cada año se realiza un sincero homenaje a ese espíritu de unión obrera del año setenta y dos.

Mi abuelo me contagió ese espíritu de lucha que debemos de tener todos para reivindicar nuestros derechos de una manera civilizada. Nunca debemos de acobardarnos a exigir nuestros derechos y libertades…

En memoria de Daniel Niebla y Amador Rey….
…y de mi abuelo “El Patrón”…

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EL VIAJE DEL DRUIDA


En el año cincuenta y dos, antes de la era moderna, una gran batalla aniquilaría a los carnutos. Asociados a otras tribus celtas, formarían el ejército de la Galia libre, para enfrentarse a los romanos. Su comandante en jefe fue Vercingetorix. Que tras su derrota se entregó con honor, siendo ejecutado sin piedad por unos romanos que lo admiraban y a la vez temían.
Los Carnutos vivían a lo largo del río Loira y sus afluentes, en el macizo central francés. Su centro neurálgico era la ciudad de Autricum, a orillas del río Eure. En ese lugar, se encontraba su nemetum principal, además de los pequeños seres mágicos que lo poblaban. La historia de los celtas no puede caminar sola sin Vercingetorix, pero tampoco sin sus deidades.

Tras la derrota y muerte de muchos de los suyos, Brian el druida, emigró junto a su familia. Peregrinó durante un largo viaje, no exento de los más variopintos peligros, a tierras del noroeste de la península ibérica. Allí vivían tribus con costumbres similares. Los romanos no habían conseguido someter por completo su territorio.

Ese lugar; Portus Magnus Artabrorum, estaba habitado por los ártabros o arrotrebas, de los cuales, había escuchado hablar en los congresos druídicos. Formaba parte de la Hispania Tarraconense, pero sus habitantes no estaban del todo sometidos al poder de Roma. Julio Cesar la había visitado en una ocasión, atracó su flota en la ciudad de Brigantium. Tras una corta estancia partió hacía el sur. Estaba convencido de que los ártabros; brigantinos, y demás tribus de la zona, acabarían por romanizarse. Pero tardaron en hacerlo, y su lucha se hizo brava contra el asedio romano. En el año diecinueve de ese siglo anterior a nuestra era, Cesar Augusto terminaría por conquistarlo, llamándole Hispania Nova Citerior Antoniniana. Y a lo largo de los siglos posteriores, pasaría a ser una nueva provincia romana, llamada Gallaecia (Diocleciano, siglo III d.C.)...



Mientras caminaba en su largo destierro, Brian iba dejando señales a lo largo del camino, que sólo identificarían otros integrantes de su tribu. De ésta manera; si existiese algún superviviente, sabría seguir su camino, seguiría las señales. Durante el tránsito trasmitió a su hija Loreley parte de sus conocimientos druídicos. Le ordenó escribir un testamento en piel seca de vaca, debería plasmar en él todas sus enseñanzas. El secreto de la caja mágica no debía ser desvelado; a no ser, que se encontrase el momento, y el lugar, propicios para ello. Su hija se convertiría en la mujer druida de la aldea. En la fiel protectora del testamento de su padre, al cual, el viaje había cansado en exceso. Ya estaba viejo y debilitado, y presentía su cercana muerte.
Los celtas del lugar los aceptaron sin preguntas. Sabían de sobra que escapaban de los de siempre. Fueron muy amables con ellos, permitiéndoles su integración en la tribu. Loreley conoció a un esbelto guerrero que se convirtió en su esposo. Una nueva raza celta surgiría de la mezcla entre un ártabro y una carnuta.
La enfermedad se apoderó de Brian hasta su muerte. En su óbito le rindieron honores de druida en el nemetum sagrado de los ártabros; en una hermosa y frondosa Carballeira galaica, siempre a escondidas de las patrullas romanas, que vigilaban las proximidades acechando en todo momento. Loreley, decidió esconder el pergamino con las enseñanzas de su padre, en un lugar seguro al cual nadie podría acceder. Lo escondió en unas grutas situadas en uno de los acantilados más altos y agrestes de Europa, en lo que actualmente se llama Cabo Ortegal. Un lugar, donde el océano atlántico comienza su transformación en el mar cantábrico, y donde nadie encontraría el secreto mejor guardado de un druida de la tribu de los carnutos...
...imagen de cuadro creado por Lionel Noel Royer recreando el momento en el que Vercingetorix lanza abajo sus armas(brazos) en los pies de Julius Caesar.st

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RAVERS


Era una nueva generación, un nuevo grupo de jóvenes que juntaban una filosofía común, la música electrónica con todas sus variantes. Danzas tribales, ritmos étnicos, sonidos oscuros invadían su vida. La artesanía de la música se hacía realidad con el tecno. Jóvenes de entre dieciocho y treinta años se unían para bailar. Para fluir a través de una música electrizante, y convertirse en los máximos fans de esos artesanos, fabricantes de la danza, llamados Dj’s. Como todas las tribus urbanas, se les relacionaba con el mundo de las drogas de diseño, drogas que incitan al baile y lo mantiene durante horas. Drogas que hechizan el ambiente y fomentan el buen rollo. Drogas del amor y la amistad. Algunos censuraban su música, le llamaban “chunda-chunda” o “bacalao”. Bacaladeros. Aunque se denominaban a si mismos Ravers. Censuraban su manera de diversión, su manera de vestir. Algo que siempre ocurre cuando algo nuevo invade la sociedad, recuerden la época hippie, los heavys, los punkys. En todos ellos, que fueron censurados y criticados, la música estaba presente.


Los ravers bailaban. Viajaban a través de la música. Juntaban sus colonias bailonas hasta que el cuerpo aguantaba. Respetaban al resto del mundo, haciendo valer su buen rollito. Y algunos dopaban sus cuerpos necesitados de energía. No era imprescindible drogarse para formar parte del gremio, pues cada uno sentía el ritmo a su manera, y eso no era un crimen. Se conectaban a unos estados de realidad no ordinaria. Se olvidaban de los problemas y preocupaciones. Era una nueva manera de relajarse, de evadirse. Eran numerosos e iban a más. Eran el futuro de una tribu urbana de nueva generación. Danzantes. Respetuosos con la sociedad, pidiendo a gritos ser respetados. Deseaban considerarse personas sanas, marchosas, libres de espíritu. Conscientes de que estamos en el siglo veintiuno. Los ravers avanzaban con el tiempo, como su baile, como su música tecno...



Pero las drogas al final matan, la música no. Todo tiene sus consecuencias. Hoy en día, muchos de esos jóvenes de la década de los noventa padecen enfermedades degenerativas, pérdidas auditivas severas, enfermedades cardiovasculares, y lo peor, graves trastornos psicológicos. El experimento de las nuevas drogas hace estragos en los países europeos, las secuelas a personas consumidoras de la droga de nueva generación son evidentes en muchos lugares. Ser Raver demacra, afila el rostro. Y algunos no tienen autocontrol, obviándose a si mismos, y sus problemas futuros de salud. Mezclan pastillas, con alcohol, porros, LSD, cocaína. Normal que se alcancen estados de conciencia no ordinaria. Cócteles explosivos de droga que ingiere el organismo. Lo mejor para mantener el hígado sano, pensarán algunos inconscientes. Muchos olvidan que asisten a las Raves por la música, se drogan y se drogan, y la música deja de ser la protagonista. La droga se convierte en su único aliciente para bailar y sentir la danza.


En la actualidad algunos se olvidan que para ser Raver no es necesario drogarse. Los jóvenes actuales se olvidan del espíritu de una Rave. El espíritu de aquella generación de finales de los noventa, que disfrutaba de la sesiones del Dj, que bailaba delante de la cabina atento a las mezclas del artesano de la música manejando los vinilos. Había drogas, sí, pero sabían controlarse. Consumían para bailar, para obtener esa energía que les mantuviese danzantes durante horas. Porqué una vez que sentían la música a través de su cuerpo; y los ritmos invadían su espíritu, no hacia falta droga ninguna y su viaje estaba asegurado. Los Ravers de ahora, no todos, no van a las Raves por la música, sino para drogarse. Y esas drogas que ingieren, les pasarán factura en un futuro no muy lejano.

Y la música continúa avanzando…y muchos con el Dj danzando…

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