Amediados de enero en Galicia; el frío, y la lluvia, provocan que la mayor parte de la gente se refugie en sus casas al calor de la chimenea. Lada y Sabela se reúnen siempre en el salón al terminar la jornada. Mientras una corrige exámenes y trabajos de sus alumnos, la otra hace los deberes e interrumpe ocasionalmente a la una, para que la asesore de ciertas dudas que le van surgiendo. Al ocaso, concluyen sus labores y se van para la cocina, a prepararse las ensaladas surtidas que tanto les gustan. Son conscientes de que en breve llegará a casa Breogán. Y le esperaba un gran recibimiento después de casi cinco meses y medio de singladura.
Es impresionante observar su entrada en la ría de Ferrol, sobretodo cuando cruza entre el castillo de La Palma y la fortaleza de San Felipe. La ría se llena con la presencia de pequeñas embarcaciones homenajeando a la dotación de la fragata, formada en babor y estribor de guardia para entrar en puerto. Ya en el muelle, las familias se amontonan para recibir a los suyos, que se van acercando poco a poco. La banda de música, en perfecta formación, comienza a hacer sonar los primeros compases del himno de la armada, acompañados por los diferentes mandos y altos rangos.
En el muelle número uno del arsenal militar, las dos mujeres esperan expectantes el atraque. Intentan distinguir la silueta de Breogán entre la dotación del buque, siempre lo hacen, con la esperanza de verlo cuanto antes. Pero se hizo esperar. No apareció hasta que el portalón había sido colocado en el lugar conveniente. Varios de sus compañeros ya se abrazaban a sus seres queridos en tierra, cuando al fin se oyó:
| - ¡Mamáá! ¡Mira! ¡Papá!
Exclamó Sabela rebosante de ilusión.
- Sí. Ya lo veo cariño. ¡Breo! ¡Breooo!
Breogán levanta la cabeza con emoción, intenta bajar al muelle cargado de bolsas y maletas. A pocos metros, su familia. Suelta toda la carga y se abraza a su hija, se le había acercado corriendo a una gran velocidad. Los besos y los abrazos se suceden. Abraza a su esposa, la mira a los ojos, le dice que la quiere. Son momentos de amor y ternura. Una vez saludados, Sabela le comenta a su padre:
- ¡Papá tu barco es horrible!
- ¿Horrible dices? Pues tu bisabuelo y cientos de personas más, participaron en su montaje. Hace ya treinta años, en la década de los setenta. Varias de estas fragatas aún están activas, y una de ellas es la que tienes enfrente de ti.
- Vaya, sí que es vieja. Si hubiese conocido al bisabuelo, seguro que me lo hubiera pasado genial con él. Seguro que tendría muchas historias que contar. - Pues sí. La privilegiada situación de su casa en la ría de Ferrol, le permitía el control visual del tráfico marítimo, todas las entradas y salidas de los barcos civiles y militares. Recuerdo, que en una ocasión, casi se empotra contra el casco de un buque escuela de la armada, El Galatea. Sucedió un día cerrado de niebla, en el cuál, de milagro se salvó Areoso de chocar de frente.
- ¿Quién era Areoso, papá?
- Areoso era una gran chalana con cabina de fibra de vidrio y motor de gasoil.
La construyó el bisabuelo Jorge en su juventud.
- Tú aún no habías nacido. ¿Verdad?
- Cierto. Pero cuando tenía tu edad más o menos; disfrutaba con él, me contaba sus historias, me daba consejos. Algunas de ellas las adaptaré para un relato. - Sí. Me encantan las historias que relatas papá, tanto como las que escribes.
- ¿Sí? ¿Te gustó el cuento que te envié?
- No estuvo mal, pero a mamá no le gusto mucho.
- ¿Eso es cierto?
- Sí cariño, cada navegación le escribes cuentos más raros a la niña. Pero eso ahora da igual, vamos para casa.
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Lada estaba muy emocionada por tener a su marido en tierra firme.
Abrazados, se dirigieron hacía el coche a paso lento, sonriendo. Cargados de bolsas y maletas. Por el camino lo fueron poniendo al día sobre asuntos familiares y demás cuestiones que se había perdido durante los últimos meses. Ya en casa, mientras preparaba la cena, Sabela se divertía con su padre:
- Papá, ¿tienes mis regalos por ahí?
- ¿Regalos? Ahora que lo dices, ¿dónde está la caja de madera que te envié?
- Está en mi habitación, es muy bonita, aunque no le encuentro mucha utilidad. Mamá y yo no sabemos abrirla.
- Eso no es problema, tráela y lo intentamos.
- Lada. ¿Qué le has contado a la niña de esa caja?
- Pues que la cuidara, nada más. ¿Qué ocurre con esa caja? Te conozco bien, y creo que ese regalo es algo muy especial. Por lo menos eso es lo que intuyo.
- Intuyes bien amor.
- Toma papá. Esta madera es muy rara. Unas veces está muy fría, otras da sensación de calor. ¿Cómo se abre?
- Según me ha explicado el turco al que se la compré, un tal Carmelo, hay que presionar en el centro del trisquél, donde se juntan las tres espirales. Se accionará un mecanismo que permitirá a la caja abrirse sola.
- Breogán, ten cuidado con lo que haces, que viniendo de Oriente, te va a salir un genio para que le pidas tres deseos. Ja, ja, ja.
- Muy graciosa mamá. No digas eso que me da miedo.
- No. Cariño estaba de broma. ¡Uuuu!. ¡Uuuu!.
En ese mismo instante, Breogán encontraba la espiral correcta e introdujo su dedo, presionó. Se escuchó un chasquido. Una especie de neblina verde comenzó a inundar el salón. Ninguno de los tres dijo nada, sólo miraban impresionados al humo verde de su alrededor. De repente, poco a poco, fueron apagando sus ojos hasta caer en un sueño profundo. Las brasas de la chimenea chisporroteaban; Breogán, Lada, y Sabela, yacían inconscientes en el suelo. La caja se abría. De su interior, una luz muy brillante espoleaba de sombras las paredes. El guiso se cocía a fuego lento en la cocina.
De entre la neblina salió una mariposa multicolor y voló en dirección a Sabela. Se posó en su frente y meneó sus alas. Retomó el vuelo para repetir la misma operación en Lada y Breogán. Cuando finalizó se dirigió a la caja y se introdujo en ella hasta desaparecer.
La intensa luz se apagó de repente y la espesa niebla se desvaneció.
Sabela y sus padres se encontraban tendidos en el suelo, parecían dormidos. Cada uno tenía una pequeña mancha en la frente. Algo mágico les había sucedió. La mancha de la nariz era un símbolo celta dibujado a la perfección. La verdad, la mariposa de la caja fue toda una artista.
Poco a poco se desperezaron de su letargo en el salón de la casa. Estaban adormecidos, desconcertados. Por un instante no recordaban nada de lo sucedido, pero de repente:
- Papá, ¿has visto eso? Mamá tienes pintada la frente.
- Sí, Sabela, tú también la tienes pintada. Parece un tatuaje de esos. Son dos serpientes entrelazadas que forman un círculo.
Contestó un sorprendido Breogán. Ninguno de ellos daba crédito a lo que estaban viviendo.
- Haber, ¿nos quedamos dormidos por alguna circunstancia que desconocemos, y alguien nos dibuja un símbolo en la frente? ¿Qué broma es ésta? ¿Breo qué contiene esa caja?
- No lo sé Lada, estoy tan intrigado como tú.
- ¡No sale! ¡No se quita! ¿Cómo vamos a borrarlo? Esto lo ha hecho esa caja.
- Ya lo sé cariño. Algo raro está pasando.
- ¿Raro dices? Tú y tus sorpresas.
- Paciencia Lada. ¡Paciencia!
Se acercaron los tres en silencio a la mesa del salón, con sigilo. Breogán estiró la mano para tocar la caja, pero nada extraño le sucedió. La tomó en sus manos. La observó con detenimiento. Su hija y su mujer se abrazaban temblando de miedo. Volvió a presionar con su dedo en todos los ojos de cada una de las espirales. Pero nada ocurrió, y eso les inquietaba. Pensativo, desistió en el empeño y comentó:
- Esta caja tiene algún tipo de encantamiento. El señor al que se la compré, me dijo que era mágica, y muy antigua. Que tenía poderes. En un principió la rechacé por que no le creía. Pero algo de ella me llamó la atención, pensé que sería un regalo perfecto para ti. Ahora, después de lo sucedido, me arrepiento de haber sido tan ingenuo. Creo que me he equivocado. Lo mejor es deshacernos de ella.
De repente se escucha una voz muy grave:
- ¡No creo que esa sea la solución! La caja no quiere que te deshagas de ella, Breogán.
Todos miran alucinados hacia la caja, intentando descubrir donde estaba el dueño de esa voz invisible. Sabela, asustada, se abrazaba a Lada, que la protegía en su regazo de cualquier peligro que les pudiera surgir. Breogán gritó:
- ¿QUIÉN ANDA AHÍ? ¿QUIÉN ERES?
- Hola, me llamo Guampy, vivo en esa caja.
Breogán, inquieto, se revolvió sobre sí mismo. Miró a mujer y a su hija, les hizo un gesto con un dedo en los labios ordenándoles silencio. De nuevo se escuchó la voz:
- ¿Es qué no me veis? ¿Me he vuelto invisible acaso?
- Hola. Hola. Hola.
Repite Breogán sin respuesta.
- Hola soy Sabela. ¿Dónde estás?
- ¡Estoy aquí! ¡Que humanos más atontados!
En ese momento Lada descubre a un enano sentado en el borde de piedra de la chimenea. Con los ojos como platos, se abalanza sobre él y lo intenta agarrar. Se escucha otra vez a Guampy:
- ¿Qué haces? ¡No me toques! ¡Espera! ¡No te acerques!
La mujer; asombrada, observa la figura de un enano vestido con un peto de lana de color verde. Además de un ancho cinturón negro, unas botas altas de color marrón, y un puntiagudo gorro rojo con tres cascabeles. Sentado y tranquilo, la miraba con guasa mientras decía con lentitud:
- Soy Guampy, un duende de La Galia. Vivo en eso a lo que llamáis caja. Pero hay todo un mundo ahí dentro. Me envían de mensajero para deciros que debéis de ayudarnos a recuperar nuestra libertad.
Breogán se adelanta. De un ligero empujón apartó a su esposa, se plantó delante, y le preguntó al enano:
- ¿De La Galia? ¿Has dicho de La Galia?
- Sí señor. De La Galia. La Galia. La Galia.
Le espetó el enano algo crispado.
- ¡Pero La Galia ya no existe!
- Oin, do, tri. Humano, perdóname que te diga que te equivocas. En esa caja hay parte de La Galia. Yo soy parte de La Galia. Cientos de seres que vivimos ahí dentro, esperamos volver a nuestro lugar de origen, algún día. A La Galia. Ja.
- Papá, yo le creo. ¿A lo mejor tiene razón?
- ¿La Galia no es donde vivían Axtéris y Obélis?
Añadió Lada.
El enano se puso en pié, meneó su cabeza para hacer sonar los cascabeles del gorro, e intentó llamar la atención de Sabela y sus padres. Sorprendidos e interesados, atendieron de inmediato a lo que el enano estaba a punto de decir:
- Familia, tenemos que ponernos de acuerdo, si no me voy. Se me acaba el tiempo, tengo que volver para informar a los míos.
- ¡No te vayas! ¡Por favor!. Puedes quedarte con nosotros. Hablaremos de muchas cosas. Nos cuentas como es tu vida, y todo lo misterioso de esta caja de madera que compró papá en Turquía.
- ¿Tú te crees que si algún humano supiese lo que contiene, la vendería?
- Perdóname Guamchy, pero...
- ¡Papá!. ¡Se llama Guampy!. Ja, ja, ja.
- Humano, controla tus palabras.
Le soltó el ser mágico a Breogán, matizando con una amenazante mirada.
Mientras, Lada, se entretenía pensativa. Acariciaba la caja.
- ¡Vale! ¡Vale!. Lo siento Guampy. A mí me la han vendido en Turquía.
Y el hombre que lo hizo sabía algo del misterio que encierra.
El enano, enfadado, contestó presuntuoso:
- No sabía nada ese tal Carmelo. Los que estamos dentro de ese trozo de madera sabemos todo lo que sucede a nuestro alrededor. Llevamos viviendo en ella desde el año cien, antes de la era de los cristianos.
- ¿Cómo hacéis...?.
- ¡Escucha Breogán! ¡Escucha! Debes de saber; que gracias a un druida de una tribu celta, llamado Brian, sobrevivimos a la destrucción de nuestro bosque sagrado por parte de los romanos. Bianca, era la reina del bosque...
- ¡Pero eso es increíble, eh! ¡Esto es increíble! ¿Estamos soñando?
- No, mamá. No estamos soñando. Todo esto es real.
- ¡Silencio! ¡Escuchar!
Les regañó Breogán, atento a las palabras del pequeño ser.
- ¿Cuánto mides Guampy?
Preguntó Sabela.
- Que importa eso ahora.
Respondió el enano.
- Sabela déjalo.
Le dijo su madre mientras se sentaba a su lado.
- Mido diecisiete centímetros de los vuestros.
- Ya me parecías muy pequeño. Ja, ja, ja.
Se ríe la niña, y nadie le hace caso.
- Como iba diciendo; el druida, y Bianca la reina del bosque, decidieron enterrarnos. Con exactitud, hace dos mil ciento siete años.
Meneó sus cascabeles de nuevo.
- ¿Porqué lo hicieron?
Preguntó la pequeña de la casa.
- Lo hicieron para preservar la especie, y así, perpetuar las dinastías de la gente menuda del reino de las Hadas de la Galia.
Guampy, siempre se mostraba muy gesticuloso, y con una actitud guasona. A veces, ejecutaba posturas inverosímiles, que provocaban la risa de Sabela y su madre.
- La Galia, en la actualidad se llama Francia.
- Sí Breogán. Oinos, dwei, treis. Sé más de historia que tú.
- Supongo, Guampy, supongo.
Alegó Breogán resignado.
- ¿Supones? Tenéis ante vosotros al hijo de Tetantés y Enide, los enanos que Bianca eligió para mantener la dinastía de los Erdluitle, los antiguos fabricantes del martillo de Thor. Tenemos un cinturón mágico, que entre otras virtudes nos permite volar. Podemos leer el pensamiento de la gente, ver en la oscuridad, hacernos invisibles a nuestro antojo. Además bailamos muy bien.
Una vez terminado su discurso; se sentó en posición de yoga, cruzó sus brazos, y se quedó mirando para la familia con cara de mucha atención. La repisa de la chimenea era el lugar desde el que observaba, y a un par de metros los humanos, entregados y expectantes.
- Esto es la repera papá. Me encantan tus regalos. Je, je.
- Tengo la cabeza echa un lío. ¿Tú entiendes algo cariño? ¿Sorprendida?
- No que va. ¿Cómo no voy a estar sorprendida?
La madre de Sabela mostraba una amplia sonrisa en su rostro, pero miedo en su brillante mirada.
- Bueno. Bueno. ¡Escuchadme anda! Con el paso del tiempo, mis padres y todos los demás, pudieron comprobar con certeza la premonición del druida Brian, pues los romanos quemaron el bosque.
- ¿Murieron todos los seres del Bosque? ¿Las hadas también?
Añadió Sabela.
- Allí murieron todos sin remedio. Yo aun no había nacido; pero según me han contado mis padres, los romanos incendiaron los robles milenarios y resto de vegetación, todo quedó destruido, todos murieron. Mis padres y otros pobladores de nada se enteraron bajo tierra.
- ¡Es alucinante!
- Je, je, je. Yo también alucino papá.
- Dejaros de alucinar y escucharme de una vez, enseguida me voy. A esa caja la llamamos La Galia Chica, es nuestro mundo alternativo, hasta que llegue la libertad.
- ¿El final de qué?
Breogán estaba intrigado.
- El final de nuestro mundo, el final de La Galia Chica.
- ¿Porqué se tiene que terminar?
Lada mostraba impaciencia, bailaba su pierna derecha sin parar.
- Necesitamos de vuestra ayuda. Hasta ahora, ninguno de los que se apropiaron de la caja, desde mil novecientos noventa, era de fiar. Tenemos una larga historia que contar. Vosotros sois los elegidos. Debéis investigar sobre los celtas de La Galia, sobre su descendencia en el norte de España.
- ¿Porqué en el norte España, y no en otro lugar?
Breogán, expectante, deseaba ofrecerse, ser de ayuda.
- Pues verás, sabemos que el druida que talló la madera logró escapar a esas tierras, junto a otros celtas que habían sobrevivido a la invasión romana. Brian huyó junto a su familia, se instalaron en un lugar de la costa ártabra.
- Pero…
Breogán no pudo terminar lo que iba a decir.
- Sí, si, si. Se a la perfección que la costa ártabra está en la actual Gallaecia.
Comentó un animado Guampy, mientras recorría la repisa bailando con mucha sensualidad.
- ¿Que Gallaecia? Será Galicia. ¿No?
Lada no lo entendía.
- Gallaecia era una antigua provincia romana. Tras la caída del imperio, fue gobernada por suevos, visigodos, entre otras etnias. Fue el reino de Galicia, durante una época. En la actualidad, Galicia es más pequeña en extensión de lo que fue Gallaecia en tiempos ancestrales, y ahora es una autonomía que pertenece al reino de España.
Añadió el militar, orgulloso de sus palabras.
- Humano, muchas gracias por tus lecciones de historia patriótica, pero como llevo diciendo, me tengo que ir. Me ha quedado claro, Gallaecia es Galicia, pero más pequeña. Pero si me permiten ustedes continuar…
El enano dio un brinco, se subió a una estantería y se sentó en el borde. Luego sacó algo del interior de su gorro, y se dispuso a comer.
- Je, je, je. ¿Qué comes Guampy?
Preguntó Sabela divertida.
- ¡Arándanos! Eso estoy comiendo. ¿Gustas?
Sabela miró sorprendida a su madre. Lada, le guiña un ojo y le hace un gesto, invitándola a aceptar. Se acercó despacio a la chimenea. De puntillas, se dispuso a recoger con su mano un par de diminutas frutillas rojas que el amable personajillo le ofrecía desde la estantería en la que estaba sentado. Al probar una de ellas se le llenó la cara de satisfacción.
- ¡Que rica, mamá! Prueba venga.
- No, no quiero, gracias hija.
- Guampy, continúa por favor.
Alegó Breogán metiendo prisa.
- Está bien. Deseamos saber a que lugar fueron exiliados, después de la invasión romana, los supervivientes de la tribu de los Carnutos. Búscanos algún indicio de su parentesco con humanos de la actualidad. ¿A que lugar llegó Brian con su familia? Sabemos con seguridad, que como buenos carnutos, buscarían un lugar cerca de un río, donde hubiese un gran bosque de robles, fresnos, abedules, hayas y encinas.
¿Donde está ese lugar? ¿Dónde están los descendientes de Brian y su familia?
- ¿Cómo es que sabes que han huido hasta aquí?
Lada estaba en todo.
- Sabemos qué esta tierra es lugar de celtas, y también el druida lo sabía. Además, el hada reina del Bosque de los carnutos, antes de desaparecer de este mundo, se comunicó con Xiana, la reina de La Galia Chica, mi reina. La puso al día sobre los terribles efectos de la maldad humana. Le comentó que buscase a los descendientes de Brian el Filidhs, que partía hacia tierras de Iberia, protegido por los espíritus supremos del bosque sagrado.
- ¿Y se supone que tiene haber un bosque sagrado en Galicia?
- Sí, humano. Si no lo hay, lo hubo. En ese bosque encontraremos nuestro hogar y lo compartiremos con la gente menuda que en él pueda habitar. Ese bosque será el lugar para el ritual de nuestra liberación.
- Entiendo. Te entiendo perfectamente. Sé lo que tengo que hacer.
- Bien, Breogán, otro día seguiremos. Investiga, investigar todos, buscar respuestas. Tengo que irme familia.
Guampy se despidió quitándose el gorro para hacerles una reverencia mientras caminaba por el saliente de piedra de la chimenea. Lada y Sabela estaban sentadas en una silla. Breogán en el suelo, frente al enano. Sin esperarlo, el pequeño ser giró dos vueltas sobre sí mismo y desapareció. Los tres se quedaron boquiabiertos sin decir nada.
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