

Daniel estaba bailando en medio de la pista, el humo le impedía ver a la gente de su alrededor, de repente chocó contra alguien y se dio la vuelta. Sus miradas se cruzaron al instante, perdiéndose en el tiempo y en el espacio, se observaron sin hablar durante unos segundos. La primera en reaccionar fue ella, pues con un gesto de simpatía se acercó y se presentó. El chico, atraído, le dio dos besos y se disculpó por el empujón que le había propinado. Sin mediar palabra, se besaron. La densa humareda se fue despejando; y en medio de la pista, se observaba la silueta de dos enamorados entregándose con pasión, hasta que en un momento dado, desaparecieron. Cupido había actuado muy rápido en esta ocasión, y a partir de ese momento comenzó la relación entra Sandra y Daniel.
Sandra era natural de Santiago de Compostela, morena de ojos verdes, pelo largo y metro setenta de altura. Trabajaba de camarera en un restaurante para costear sus estudios en la universidad. Sus padres vivían en una aldea alejada de la capital gallega, y ella con dos amigas en un piso alquilado. De vez en cuando, salía de marcha el fin de semana, para liberar tensiones. Y es así como conoció a Daniel; un chico de su misma edad, natural de A Coruña, que se encontraba de paso en Santiago por motivos laborales. Era viajante de una empresa de productos de limpieza y cada día se encontraba en una zona diferente de la provincia de A Coruña. Tuvieron suerte, pues al momento salto la chispa.
Al salir de la discoteca se dirigieron al piso de Sandra y sus amigas, allí sucumbieron al desenfreno y al placer. Pasaron toda la noche entregándose uno al otro y al final se durmieron. Daniel se despertó sobresaltado; los besos de Sandra le habían despertado de un sueño, eran las ocho de la mañana de un viernes y tenía que ir a trabajar. Hicieron de nuevo el amor, se ducharon. Antes de la despedida, Sandra, le entregó a su chico un cascabel celta, el cual era una serie de círculos que unidos entre sí formaban una esfera hueca, que en su interior contenía una espiral celta de pequeño tamaño. Era de plata y su sonido exquisito para el oído. Le dijo que era un cascabel especial, celta, muy antiguo. Lo había heredado de su abuela, que a su vez también lo había heredado de su madre, y así hasta perderse en la inmensidad del tiempo. El cascabel alejaba la negatividad, era mágico y atraía a la suerte. También le dijo; que se lo regalaba por que consideraba que era un chico diferente, que le atraía una barbaridad, pero que si algún día lo perdía ya no la volvería a ver.
Daniel marchó hacia otra ciudad llevando consigo el cascabel mágico, pensando en si sería cierto lo que Sandra le había contado de él, imaginándose junto a la bella dama que había conocido en Compostela. Se acostumbró a llevarlo en su bolsillo derecho; de vez en cuando, a lo largo del día, introducía su mano en el bolsillo para hacerlo sonar en su interior. Se convirtió en su amuleto de la suerte, pues era cierto después de un mes que le había beneficiado poseerlo, la ventas habían aumentado en consideración. Mantenía contacto telefónico con la chica varias veces a la semana, deseaban verse de nuevo.
Pero un mal día, Daniel decidió salir de copas con unos amigos en A Coruña. Había adquirido la costumbre de tener el cascabel en sus manos agitándolo, haciéndolo sonar. Ese día, ya bien entrada la noche, se dirigió a bailar a la pista. Una vez en el lugar, se entregó por completo a danzar y brincar al ritmo de la música, siempre con el cascabel en la mano. Hasta que en un momento de descuido; se le deslizó de sus manos y rebotó por el suelo, perdiéndose entre las piernas de los allí presentes, desapareciendo para siempre.
Daniel, preocupado, esperó al cierre y preguntó por el cascabel de plata. No tuvo suerte, pues no apareció. Ni siquiera las señoras de la limpieza que siempre lo encuentran todo. Desesperado, tomó el móvil en sus manos, e intentó llamar a Sandra. Pero de manera misteriosa; su número había desaparecido de la agenda del teléfono, y con él, cualquier tipo de esperanza de volver a contactar con ella.
Unos meses más tarde volvió a Santiago. Se dirigió al piso de la chica para darle una sorpresa, pero en él solo había carteles de se alquila en todas sus ventanas. Al preguntarle a uno de los vecinos por las chicas del tercero izquierda, éste le contestó que se habían mudado hacía tres meses y desde aquella el piso estaba vacío.
Cabizbajo, desencajado, se marchó del lugar convencido de que Sandra era una bruja y que había sufrido algún tipo de encantamiento. Justo hacía tres meses que había perdido el cascabel celta, y al hacerlo perdió a su amor, tal y como ella le había dicho que iba suceder.
Misteriosamente, nunca más supo de ella.




