Un doce o trece de julio del año cien antes de Jesucristo; un druida llamado Brian, tras sus contactos con los entes de la naturaleza, anuncia a su tribu un alumbramiento muy especial. El nacimiento en la ciudad de Roma de un niño de prestigiosa familia, que traería muy malas consecuencia para todos los pueblos celtas. Según su profecía, la invasión y destrucción del territorio celta por los romanos a sus órdenes, se iría forjando a lo largo de su vida. A ese niño lo llamaron Cayo Julio Cesar, y desde muy joven destacó su madera de líder. Fue un gran orador y estratega. Ambicioso de poder. Nombrado gobernador de las Galias en el año cincuenta y ocho antes de Cristo, tras realizar una gran labor en la Hispania, de la que ya había sido procónsul. Tenía un odio especial hacia los druidas, aunque uno de ellos era amigo suyo, les temía y deseaba su desaparición. Comenzó su cruzada contra esas tierras por considerar que eran unos salvajes. Ordenó quemar todos sus bosques sagrados y destruir los clanes que los druidas formaban en secreto. Después de su victoria en la Batalla de Alexia, ordenó la muerte del Jefe de los ejércitos de la Galia Libre, el arverno Vercingetorix. Destruyendo el sueño celta de ser libres. Su larga carrera militar y política le permitió llegar a lo más alto, proclamándose dictador de Roma. Aunque después de tantas guerras contra enemigos declarados, fue asesinado por los suyos en el año cuarenta y cuatro del siglo uno antes de Cristo. Su sucesor, un sobrino nieto suyo, se convertiría en el primer emperador de Roma. Tras vengar la muerte de su tío, persiguiendo a sus autores y dándoles muerte, se hizo con el control total del imperio.
Los ejércitos invadieron la Galia destruyendo a conciencia sus bosques sagrados, asesinando a gran parte de los druidas, y exterminando buena parte de su cultura. Al quemarlos, acabaron con la vida de casi todos los pequeños seres sobrenaturales que por la noche iluminaban con sus luces multicolores la espesa vegetación. Todos los territorios sagrados albergaban otro tipo de vida que sólo los celtas podían ver e intuir. Convivían con unos pequeños seres sobrenaturales llenos de mágia y de aspecto humano. Sabían cada cuál de la existencia del otro, y aunque se evitasen, se respetaban de mutuo acuerdo.
Tras las visiones esotéricas que le provocaban los espíritus ocultos del bosque; Brian el “filidhs” (Druida vidente que predecía el futuro, entre otras virtudes), concentró sus poderes en avisar a las deidades y seres de la naturaleza de los peligros de destrucción que podrían sufrir en los años venideros. La respuesta de la naturaleza se manifestó con la presencia de la inmaculada reina del bosque, Bianca, la reina de las Hadas. El druida, le explicó con todo destalle sus visiones, convencido de que la maldad asolaría a esas tierras. La reina nada podía hacer por salvar a la tribu de los humanos, no eran su competencia. Ellos podrían luchar, y si eran vencidos huir, los seres que poblaban el bosque no podían salir de él. El mundo mágico necesitaba de la ayuda humana, y por ello crearon una alianza para encontrar el camino de la salvación.
Pasaron largos meses tratando de buscar una solución, se les antojaba una tarea un tanto complicada. Pero al final determinaron salvar a una pareja de cada ser mágico. Brian tendría la misión de construir una caja con la madera de un roble milenario. La reina de las Hadas, sería la encargada de elegir a dos miembros de cada una de las especies de gente menuda. Sílfides; duendes, gnomos, elfos, trasgos, ninfas, xanas y hadas, todos ellos predestinados a salvar a los suyos. Vivirían en una caja mágica de madera, acondicionada con todas las necesidades de un pequeño bioma.
Por orden de su reina, el roble milenario más antiguo debería donar parte de sí para la construcción de la caja mágica. Y el druida comenzó a tallar la madera, dándole forma, ingeniando un diseño seguro y duradero. A cada lado le había insertado el máximo símbolo de protección druídica, el triquel celta. Que representaría la energía divina; el amor, la fuerza, la sabiduría. Los tres elementos de la vida; tierra, agua y aire, siendo el fuego el círculo que lo envuelve. Además de represenba el presente, el pasado y el futuro. Hacía veneración especial al número tres, número mágico para ellos.
El día del solsticio de verano, todo el poblado de la tribu celta de los carnutos y la totalidad de la gente menuda del bosque sagrado, celebraban la despedida a los héroes de ésta importante misión. Los duendes Eutel y Tegra. Los enanos Tetantés y Enide. Los gnomos Cibrán y Comba. El elfo Bel y la elfina Dana. Los trasgos Roi y Britunia. Las sílfides Galiza y Navea. Las ninfas Cotara y Tamara. Las Xanas Ainé y Pindusa. El hado Nuada y el hada Xiana. Todos ellos fueron los elegidos entre los miles de voluntarios que se presentaron para tan honrosa misión. Todos eran jóvenes y solteros. Eutel, el duende, era el benjamín del grupo. Galiza, la sílfide, la de mayor edad. El hada Xiana, sería la reina la que protegiese a los demás miembros de su pequeño mundo.
Con las vestimentas apropiadas para el solemne momento, de un blanco inmaculado, el druida comenzaba el ritual. Bianca impartía las últimas instrucciones a sus jóvenes; volando por encima de las copas de los árboles, ordenaba que se metiesen en la caja, le entregaba una varita mágica a Xiana. En menos de un minuto desaparecieron entre una densa capa de niebla azulada. La caja mágica se cerró. Toda la tribu entonó los cánticos en la ceremonia de despedida, presidida por la inmaculada presencia del rey. Las gaitas sonaron. Y a medianoche, fueron enterrados bajo tierra, a unos siete metros de profundidad. Una vez terminados los rituales fueron desperdigadas varias semillas de acebo en el lugar, para así protegerlos eternamente.
Brian, satisfecho pero infeliz, continuó con sus labores de druida. Consciente de que pasados muchos años sería inevitable el ataque de los romanos. Se dedicó a instruir a los amdaurs (jóvenes elegidos para ser druidas), hasta que apareció Cayo Julio Cesar con sus tropas.



