<span style="color:#000000;">LA BICICLETA DEL DÍA DE REYES</span> : EL NEMETUM DEL GALAICUM

LA BICICLETA DEL DÍA DE REYES


Llevaba varios años solicitando la preciada bicicleta, mis méritos en los estudios no eran suficientes para merecer tal regalo de los Reyes Magos. Con doce años nos es que en ellos creyese, sabía que eran los padres. Ellos, con siete hijos, se la veían y las deseaban para hacernos llegar a todos nuestros deseos. Las ganancias de la venta del pescado y marisco que mi madre ofrecía en su puesto en las navidades, las invertían en regalos para sus hijos. El sueldo de mi padre en Bazán daba para vivir lo justo, pero ellos arriesgaron siempre su economía por satisfacer los sueños que sus hijos anhelaban. Y así, por fin, llegó la bicicleta.

Justo la que deseaba. Una mezcla entre trial y cross, de color amarilla y negra. A las diez de la mañana de un día de Reyes de mil novecientos ochenta y cinco, con mis hermanos pequeños también algo revolucionados, descubrimos un salón repleto de fantasía. Mi padres no cabían en su gozo al vernos felices, disfrutando del momento. Una mañana de alegría. Algunos años desayunábamos chocolate con churros, sin quitarle ojo a los relucientes regalos que se ofrecían por todas las esquinas, deseosos de divertirse cuanto antes y bajar a la calle a disfrutarlos. Así lo hicimos..



Pero el día de reyes a veces terminaba mal. Ya contentos por conseguir lo ansiado, relajábamos nuestro comportamiento y no éramos capaces de tener la deferencia por gratitud hacia nuestros padres, siendo niños buenos ese día de ilusiones concedidas. La impotencia me inundó ese año; pues al estrenar la bici, bajando una cuesta a toda velocidad, no supe frenar con antelación, y me empotré contra otro chico que llevaba una bicicleta de carreras recién estrenada. Se la partí en dos, las ruedas estaban dobladas y el manillar retorcido, pero ninguno de los dos sufrió ningún daño. Mi dura bicicleta tampoco. Pero el chico, mayor que yo, se me encaró. Me obligó a rastras a ir a mi casa, con los restos de la bici a cuestas, él acompañándome. Para reclamarles a mis padres el pago de la cuantiosa cantidad de dinero que costaba el arreglo de ese vehículo de dos ruedas que yo había estropeado. A los pocos segundos de presionar el timbre abrió la puerta mi madre. Su cara de espanto se evidenció en su rostro con claridad, al observarme llorando a lado del chico, compartiendo los restos de su bicicleta. El chaval le reclamó el pago de la reparación; y mi madre me miró fijamente, y me remangó una sonora bofetada, una ostia vamos. Me aferró del brazo y le cerró al pobre chico la puerta en las narices. Eran años de reconversión naval, no estaba el horno para bollos.

Todo tiene sus consecuencias, y para mí comenzar el año castigado fue todo un trauma, sin poder usar la bicicleta. La verdad es que el otro chico se quedaría si la suya por mi culpa, y eso en cierta manera me dolía más que el castigo. Pero el chico no era tonto, y quiso hacérmelo pagar.

Para dirigirme a la escuela de vuelta de vacaciones, tenía que pasar por la zona del barrio donde vivía él vivía. Ya me estaba esperando, me acosaba todos los días, él y su pandilla de amigos. Esto me obligó a cambiar el itinerario acostumbrado para asistir al colegio, tardaba cinco minutos más en llegar, pero por los menos los evitaba. Hasta que un día, harto ya de tanto escapar me encaré a todos. Sorprendidos por mi bravura sonrieron y me dejaron marchar. Pero el acoso continuaría durante todo el año. Un domingo; tras recibir la paga, unas doscientas pesetas, me dirigí hacia donde él vivía. Llamé al timbre de su casa y me salió su madre. Le dije que era el chico que había estropeado la bicicleta de su hijo, y que a partir de ese día vendría todos los domingos a entregarle mi paga, para así ayudar en el pago del arreglo. Ella, sorprendida, me entregó el dinero y me agarró la mano. Mirándome con ternura; me dijo que no era necesario, que ya estaba arreglada, pero que mi gesto me honraba. Le di las gracias y me fui. Al salir del portal me encontré con el chico y su nueva bicicleta, le conté lo sucedido. Sonriendo me extendió la mano y me dijo que en él tendría un amigo. De regreso a casa, respiré tranquilo, había aprendido a solucionar problemas por mi mismo. Me sentía satisfecho. Había ganado un amigo, y había resuelto un problema que me acosaría durante todo el año…
Historia continua...aporta tu comentario.
domy&creaciones



2 Comentarios:

Trapo dijo...

Con qué poco nos conformábamos entonces. Una bici,los clicks, peonzas, canicas...No teníamos Play ni PC´s y lo pasábamos en grande.
Y tampoco grabábamos las paliza en el móvil para subirlas a internet. Las comentábamos vencedores y vencidos alrededor de una jarra de Tang previamente sustraido del "Más y más".
Cualquier tiempo pasado fue mejor

Galaicum dijo...

Je, je, je. Ingenioso comentario que abre un pequeño debate, pues si comparamos ambas épocas en lo a que juventud se refiere, las distancias tecnológicas son abismales. A saber que haríamos nosotros teniendo móvil, pc's e internet. La liaríamos fijo de alguna manera, igual que la lían ahora muchos jóvenes que disfrutan de éstos avances. Y es que ...

Saludos amigo Trapo.

 
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JORGE MIGUEL GAGO CHAO