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EL CRÓMLECH DE LAS MEIGAS

Alchemy Gothic

   Estaba la niebla inundando el ambiente en una noche fría y silenciosa, la humedad del lugar calaba hondo en las personas presentes, con escasas túnicas de color blanco se disponían a entrelazar sus manos formando un perfecto círculo que iniciaba el ritual. El tronco de un viejo avellano hacía de improvisado altar cubierto por un mantel blanco donde reposaban dos candelabros de plata, cuatro velas que señalaban los puntos cardinales, una escoba de paja que de manera simbólica barrería las malas energías. Un incienso creado para la ocasión reposaba en el incensario humeante, junto a un manojo de sal gorda para alejar la negatividad. Una enorme copa de metal contenía el líquido del que se dispondrían a beber una vez finalizado el ritual.

Se encontraban en un lugar de poder, en un monte que acoge un conjunto de piedras de forma circular, un monumento megalítico llamado Crómlech que comenzaron a utilizar las meigas del lugar para sus ritos y sortilegios. Las piedras comenzaron a ser usadas como asentadoiros, donde las brujas gallegas asentaban sus nalgas mientras conversaban a la vez que removían sus calderos llenos de brebajes varios para sus fechorías. El lugar se llamaba Eira das Meigas. Y allí, un grupo de jóvenes se estaban inventando un ritual para lograr sus variopintos propósitos, intentaban con todas sus fuerzas soportar el duro frío otoñal en A costa da Morte la noche de Samahín. 

Llevaban varios días de preparativos, recopilando los objetos necesarios para el ritual, y consultando los libros de magia Wicca para hacerlo todo a la perfección. Todos ellos eran estudiantes de primer año en la universidad de Compostela. Cierto es; que para ser principiantes habían seguido a rajatabla todas las indicaciones para que los elementos de la vida evocasen a la madre antigua, la madre tierra, cuidaría de ellos. Ni las chicas eran meigas, ni los chicos meigos, eran seis jóvenes aventureros capaces de soportal el frío en la noche de difuntos gallega, esperando encontrar alguna respuesta a lo desconocido, atraídos por ese lugar misterioso llamado Monte Neme, cargado de leyendas sobre rituales druídicos y meigas hechiceras. 

Todos provenían de familias pudientes, todos ellos compartían piso en Santiago, un piso de estudiantes que acogía sus noches en vela, unas veces por juergas, y otras por estudio. Pensaban que tenían todo controlado, que sus padres a lo único que se iban a dedicar eran a pagarles el piso, y darles dinero para sustentar el mes y que con una llamada telefónica semanal se conformarían con estar tranquilos pensando en lo responsables que podían ser sus hijos. Pero estaban muy equivocados. Sus padres llevaban semanas siguiendo todos sus movimientos, como todos ellos se conocían, se llamaban a menudo para contrastar las noticias que los chicos les daban, comprobando así que en muchas de ellas se contradecían. Por eso, esa semana de Helloweeen se dispusieron a seguirlos por distintos lugares a los acudían, siempre a una cierta distancia para no ser sorprendidos, y pudieron ver que entraban en tiendas esotéricas con la consiguiente preocupación de los padres. También los siguieron cuando fueron a Monte Neme a examinar el lugar exacto para el ritual de la noche de los muertos, los escucharon hablar y elucubrar sobre cómo y dónde lo harían. Así, los padres pudieron tener toda la información necesaria para sorprenderlos en el momento y el lugar adecuados, para darles una buena lección. 

La noche de Samahín gallega puede ser lo mágica que uno quiera, siempre y cuando se desee creer, estando uno abierto de mente y espíritu para entrar en sintonía con lo esotérico. En ese estado estaban los jóvenes mientras realizaban el ritual, a punto de terminar las frases de homenaje a la madre antigua, a punto de romper el círculo energético que sus manos enlazadas habían creado. Sus padres estaban estratégicamente escondidos en distintos cerros del lugar, detrás de unos tojos o algún árbol que les permitiese ver sin ser vistos. En el momento que habían programado uno de ellos puso a reproducir el antiguo radiocasete que haría sonar la cinta de sonidos de la noche en el amazonas, cuyos ecos y gritos de los diferentes animales comenzaron a asustar de manera casi desesperada a los chicos y chicas principiantes de magia. Los cuales; sorprendidos miraban a sus alrededor con cara de circunstancia, como si el haber celebrado el ritual hubiesen abierto las puertas de una dimensión desconocida. Uno de los padres portaba una videocámara inmortalizando los momentos en formato nocturno. De repente, de distintos lugares comenzaron a aparecer y desaparecer diversos rostros fantasmagóricos con miradas rojas penetrantes, las chicas gritaban:

- Mira allí, y allí. ¡Joder!

Los padres, bien organizados, se habían situado estratégicamente portando caretas de carnaval, unas caretas cuyos ojos tenían unas bombillas de color rojo dándoles un aspecto aterrador en medio de la noche cerrada. Aparecían y desaparecían turnándose en el empeño de asustar a sus hijos. Los oficiantes del ritual se juntaron junto al pequeño altar protegiéndose unos a los otros tras lo que estaban presenciando. Uno de los chicos asió la escoba, como para amedrentar a quién osaba acosarles, ante el barullo, algunas de las llamas de las velas se apagaron. La noche era fría, y la brisa tan sólo mecía las llamas del resto de velas cuyo reflejo en la tierra creaba formas extrañas y en ese ambiente aterradoras. Alguno de los padres no podían contener la risa, se lo estaban pasando genial, observando a sus hijos tan sólo cubiertos por una túnica blanca que apenas les protegía del intenso frío que helaba el lugar, completamente atemorizados. Algunas madres se habían ataviado con trajes blancos estilo gótico, se habían puesto lentillas tenebrosas y con un velón grande en la mano paseaban entre la maleza con un aire místico hasta desaparecer de la vista de los cada vez más temerosos oficiantes de magia Wicca. Tras un minuto continuo de asedio con las caretas dejaron de ofrecerse a la vista de los chicos, pulsaron la tecla de stop del radiocasete, y escondidos esperaron en silencio a ver como reaccionaban. 

Tras notar que los extraños sucesos y sonidos habían cesado, uno de los chicos espabiló a los demás:

- Hay que salir de aquí.

Pronto, recogieron lo que pudieron, cada uno tomó la ropa y calzado de sus mochilas procediendo a vestirse con rapidez. Pero aun les esperaba otra sorpresa, que no fue otra, que la aparición de sus respectivos padres mientras se vestían. La sorpresa fue mayúscula, las risas y cachondeos de algún padre mosquearon a alguno de ellos, aunque felices por encontrárselos tragaron su orgullo, comenzando quizás a aprender la lección que sus progenitores quisieron inculcarles esa noche de espíritus.

Desde entonces quedó claro para los chicos que con ciertas cosas no se debe de jugar, por muy atrayente que sean las leyendas de ciertos lugares, es mejor no intentar revivirlas, pues no todo podría suceder como pudiesen pensar. Los padres notaron su mejoría inmediata en los estudios. Tal vez, el pequeño ritual que habían hecho en honor a la madre antigua, había surtido efecto, y sin saberlo estaban siendo influenciados por la bienhechora magia de la madre tierra. Nunca se sabe. Cuestión de fe.


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